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¿Y si, sí… mejor cambiamos el sistema del futbol mexicano?

Mientras Inglaterra forma futbolistas con ascenso, descenso y competencia real, México sigue apostando por el negocio

El domingo no solo perdió la Selección Mexicana. Se rompió una ilusión que llevaba semanas creciendo en el corazón de millones.

El Azteca volvió a latir como en sus mejores noches, 80 mil personas cantaron hasta quedarse sin voz y un equipo que había ganado todo, que no había recibido un solo gol y que volvió a reconciliar al país con el futbol terminó despidiéndose entre lágrimas.

Dolió porque este Tricolor sí había conectado con la gente. Dolió porque por primera vez en mucho tiempo el famoso “¿Y si, sí?” dejó de sonar a broma para convertirse en una posibilidad real.


¿Realmente estamos construyendo un futbol capaz de competir?

Porque Inglaterra no solo llegó con Harry Kane, Jude Bellingham o Declan Rice. Llegó con un sistema que lleva décadas formando futbolistas.

Un país donde existe ascenso y descenso desde la élite hasta categorías semiprofesionales, donde más de ocho divisiones mantienen vivo el sueño de cualquier club, donde la FA Cup permite que un equipo de un pequeño pueblo pueda enfrentarse a un gigante de la Premier League y donde el mérito deportivo sigue teniendo un valor enorme.

Mientras tanto, en México seguimos viviendo un futbol donde no hay ascenso ni descenso, donde un equipo puede terminar entre los peores del torneo y aun así pelear por el título gracias al Play-In, donde las multipropiedades siguen siendo parte del paisaje y donde demasiadas decisiones parecen responder más al negocio que al crecimiento deportivo.

No es casualidad que Inglaterra produzca generaciones enteras de futbolistas para las mejores ligas del mundo. Es consecuencia de una estructura.

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Y ahí está la verdadera derrota. Porque este Mundial demostró que México sí tiene jugadores, sí tiene una afición incomparable, sí puede llenar el Azteca y competirle de tú a tú a una potencia. Lo que sigue faltando es un futbol que esté a la altura de esa pasión.

No basta con emocionarnos cada cuatro años si los otros mil cuatrocientos sesenta días seguimos defendiendo un modelo que castiga menos al fracaso que a la mediocridad.

Quizá Inglaterra nos eliminó en la cancha. Pero el verdadero rival de México sigue sentado en las oficinas. Mientras no entendamos que el futuro se construye con competencia, transparencia y desarrollo, el “¿Y si, sí?” seguirá muriendo antes de convertirse en historia.


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