
Durante años, Estados Unidos repitió el mismo discurso: “el siguiente Mundial será el nuestro”. Invirtió millones en infraestructura, fortaleció la MLS, exportó talento a Europa y apostó por una generación que prometía cambiar la historia del fútbol estadounidense.
Hoy, jugando en casa, ya no tiene pretextos. Tras vencer a Paraguay y Australia y caer frente a Turquía en la fase de grupos, los dirigidos por Mauricio Pochettino dejaron una sensación clara: tienen herramientas para competir, pero todavía les falta ese golpe de autoridad que distingue a los verdaderos candidatos al título.
Estados Unidos es una selección físicamente dominante, presiona alto, corre durante los 90 minutos y tiene futbolistas acostumbrados al máximo nivel europeo.
Nombres como Christian Pulisic, Weston McKennie, Yunus Musah, Timothy Weah, Antonee Robinson o Gio Reyna representan una generación que ya juega sin complejos frente a las potencias. Además, contar con Mauricio Pochettino en el banquillo le dio una identidad mucho más agresiva, ordenada y competitiva.
Pero el Mundial también exhibió sus puntos débiles. Cuando el rival tiene mayor calidad técnica o rompe la presión, Estados Unidos pierde estabilidad. La derrota ante Turquía dejó al descubierto problemas para generar fútbol cuando no encuentra espacios y una defensa que todavía sufre ante delanteros con movilidad.
A eso se suma un aspecto que históricamente le ha pesado: la presión. Jugar en casa puede convertirse en un arma de doble filo.
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¿Para qué está Estados Unidos?
No está para conformarse con unos octavos de final, pero tampoco parte como favorito para levantar la Copa.
Su objetivo realista es instalarse entre las ocho mejores selecciones del torneo y, si mantiene su intensidad y aprovecha el impulso de jugar como local, aspirar a unas semifinales.
Ese sería el paso definitivo para confirmar que el proyecto estadounidense dejó de ser una promesa.
Sin embargo, si quiere sentarse en la mesa de Brasil, Francia, Argentina o Inglaterra, necesita demostrar que también sabe ganar los partidos grandes. Hasta ahora, Estados Unidos ha crecido muchísimo en organización, infraestructura y desarrollo de talento, pero el ADN ganador todavía está en construcción.
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