
La palabra chafa suena cotidiana, casi inofensiva, pero su origen es todo menos simple; decimos “qué chafa” sin pensarlo, sin imaginar que detrás de ese significado hay siglos de cambios, confusión y hasta oro de baja ley. Porque sí, esta palabra tan urbana tiene raíces que se pierden entre talleres mal hechos, metales fundidos y lenguas que se mezclaron sin pedir permiso.
Hoy, chafa es sinónimo de algo que decepciona: una prenda mal cosida, un producto que promete y no cumple, una experiencia que se queda corta. Así lo confirman la RAE y el Diccionario del Español de México. Pero cuando se intenta rastrear su nacimiento, la historia se vuelve borrosa.
Hay teorías que la conectan con el inglés chaff, esa basura ligera que se desecha tras separar el grano. Otros apuntan a chafar, el acto de aplastar o arrugar, como si lo defectuoso llevara impresa su deformación. Y luego está la versión española: chafallón, una palabra que describía a artesanos torpes y a sus productos mal hechos, casi indignos de presumirse.
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Pero el giro más intrigante aparece en la época colonial. En Sudamérica, los conquistadores llamaban chafalonía a los objetos de oro o plata destinados a fundirse, no por su belleza, sino por su bajo valor. Eran adornos, cascabeles y figuras que no merecían conservarse, solo derretirse. Oro chafa, literalmente.
Con el tiempo, la palabra cruzó fronteras y cambió de rostro. En El Salvador se volvió un apodo, en Nicaragua una burla, y en México se quedó como juez implacable de lo mal hecho. Así, el significado de la palabra chafa sobrevivió al paso del tiempo: lo que no vale, lo que promete más de lo que da, ¿conoces otra historia sobre su origen?
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