
En 2024, Corea del Sur marcó un punto de inflexión histórico al prohibir la venta de carne de perro para consumo humano.
Pero, lejos de cerrarse con aplausos, la medida abrió una grieta incómoda.
Fuerte dilema en Corea
¿Qué hacer con los más de 500,000 perros que ahora sobran? ¿Y con las personas que, por generaciones, vivieron de esa industria?
Criadores atrapados, animales en el limbo y un gobierno sin plan claro.
A tres años de que entre en vigor la prohibición total, cientos de granjas enfrentan deudas, abandono y desesperanza.
“No podemos ni vender, ni cerrar, ni alimentar a nuestras familias”, dice Joo Yeong-bong, líder de la Asociación Coreana de Perros Comestibles.

Se salvan, pero…
Lo que para muchos es un avance moral, para otros es una sentencia sin salida.
El problema es tan grande como delicado. Los activistas que celebraron la victoria animalista ahora enfrentan su propia contradicción: no tienen dónde meter a tantos perros, muchos de ellos grandes, “peligrosos” y estigmatizados.
La ironía duele, salvarlos del matadero podría acabar llevándolos al sacrificio.
El gobierno ha ofrecido refugios, compensaciones y tiempo, pero la maquinaria avanza sin freno mientras la solución sigue en construcción.
Refugios saturados, razas difíciles de adoptar y una sociedad que apenas empieza a ver al perro como compañero y no como comida, agravan la ecuación.
La pregunta no es solo si era hora de prohibir este consumo. La verdadera pregunta es: ¿cómo convertir un cambio cultural en uno realmente humano, sin sacrificar a los que ya están atrapados en medio?

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DIEGO LEIZA

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