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Lo que el alcohol le hace a tu cerebro (y casi nunca te cuentan)

El alcohol no entra a tu cuerpo con prisa, pero sale de tu cerebro dejando huella. No importa si es una copa ocasional o una noche larga: cada trago tiene un diálogo directo con la mente, y no siempre es amable.

Al principio, el efecto parece inofensivo. El alcohol desacelera las áreas del cerebro encargadas del autocontrol, por eso te sientes más relajado, más suelto, más valiente. Hablas más, piensas menos. No es casualidad: el juicio se apaga antes que el equilibrio.

Después viene el costo invisible. La memoria empieza a fallar, no porque “no pusiste atención”, sino porque el alcohol interfiere con el hipocampo, la zona que transforma experiencias en recuerdos. De ahí los famosos “espacios en blanco”.

Con el consumo frecuente, el daño deja de ser momentáneo. El cerebro se adapta al alcohol, y esa adaptación trae consecuencias: menor capacidad de concentración, cambios de humor, ansiedad e incluso síntomas depresivos cuando el efecto desaparece. No es debilidad, es química.

A largo plazo, beber en exceso puede reducir el volumen cerebral, afectar la toma de decisiones y alterar los circuitos de recompensa. En otras palabras, el cerebro aprende a pedir alcohol para sentirse normal.

Nada de esto significa que una copa te arruine la vida. Significa algo más simple y más serio: el alcohol no es neutro. Cada consumo es una negociación silenciosa entre placer inmediato y salud mental.

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Beber con conciencia no es moralismo. Es entender qué pasa en tu cabeza antes de que decida por ti.


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