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Cuando Acapulco era el paraíso del exceso, lujo, moda y fiesta

Hubo un tiempo en el que decir “vamos a Acapulco” era sinónimo de glamour, noches infinitas y todo el desenfreno que una tarjeta sin límite podía comprar.

Era el Hollywood mexicano, donde las celebridades se cruzaban con los magnates, donde la moda bajaba de los jets privados y la resaca amanecía en una mansión con vista al mar.

Era el Acapulco de Luis Miguel, Baby’O y Palazuelos… y qué tiempos aquellos.


Brisas del Marqués, un lugar lleno de lujo

En lo más alto de la bahía, escondido entre palmeras, jacuzzis y atardeceres de película, Brisas del Marqués fue el lugar donde todos querían tener una casa.

Pero no cualquiera, hablamos de mansiones de mármol, infinity pools antes de que fueran tendencia, y fiestas que duraban tres días con DJ internacionales, modelos, tequila del bueno y un ejército de staff.

Aquí era normal ver llegar a Luis Miguel en su yate privado, con la camisa abierta, sonrisa de oro y un séquito que parecía salido de una portada de Vogue. El “Sol” no solo brillaba en los escenarios, también en las pistas de baile de Baby’O, el antro más legendario de la época.


Baby’O: la catedral del descontrol

Antes de que existieran los antros de Cancún o Tulum, Baby’O era la meca de la fiesta en Latinoamérica.

Entrar era como cruzar una frontera invisible donde el tiempo, el dinero y las reglas no existían. El dress code: Gucci, Versace y lentes oscuros a medianoche.

Ahí mientras sonaba Madonna o Michael Jackson a todo volumen, te encontrabas a varios artistas internacionales tales como: Bono, Michael Jordan, Rod Stewart, Julio Iglesias, Elizabeth Taylor, Sylvester Stallone o Marc Anthony.


Yates, excesos y paparazzis escondidos

En Acapulco de los 80s, los días se medían en botellas de champán, vueltas en moto acuática y escapadas en yate por la bahía.

Los paparazzis se escondían entre las rocas esperando captar alguna imagen provocativa.

Era un Acapulco donde los hoteles cinco estrellas parecían básicos, porque el verdadero lujo estaba en las casas privadas: chefs personales, elevadores ocultos, cine en casa, y una mezcla imposible de playa, montaña y ciudad en un solo rincón de México.

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¿Qué queda de todo eso?

Hoy, Acapulco lucha por recuperar algo de ese brillo que parecía eterno. Las olas siguen rompiendo igual, los atardeceres son los mismos, pero hay una nostalgia que flota en el aire, la de un Acapulco que fue el epicentro del lujo y la vida sin medida.

Y aunque ya no suene igual la música en Baby’O (que cerró sus puertas tras un incendio), en cada esquina del viejo Acapulco aún resuenan los ecos de esos días dorados.


DIEGO LEIZA

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