‘Sin señas particulares’ y los miles de desaparecidos en el país

La espera es un monstruo doméstico. Se instala en las tardes, ocupa las sillas, llena la casa de un silencio que pesa más que cualquier noticia.

“Se fueron una semana después, pero ya pasaron dos meses. Lo último que supimos es que iban a tomar un camión para llegar a la frontera”.

Dos meses. Sesenta días en que el mundo siguió girando, los noticieros pasaron de una tragedia a otra, la gente siguió comprando en el mercado, y ella, Magdalena, sigue esperando.

¿Alguna vez has esperado una llamada que nunca llega? Ahora imagina que esa llamada es la última prueba de que tu hijo existe. Que después de eso, solo tienes una mochila y la certeza de que el Estado ha decidido que tu hijo ya no tiene nombre

Sin señas particulares (2020), la ópera prima de Fernanda Valadez, no es solo una película sobre las más de 90 mil desapariciones que acumulaba México cuando se filmó. Es un viaje al centro de esa pregunta que ninguna madre debería hacerse: ¿cómo busco a alguien cuando el sistema ha decidido que ya no existe?

La geografía de los ‘nadie’

Magdalena (Mercedes Hernández, en una interpretación que debería ser monumento nacional) camina por carreteras polvorientas, oficinas de gobierno, anfiteatros con olor a formol. Su hijo Jesús no aparece, pero ella repite una frase que es a la vez plegaria y declaración de guerra:

“No voy a volver hasta encontrarlo”.

La fotografía de Claudia Becerril convierte el norte de Guanajuato en un personaje más. Un personaje árido, vasto e infinito. Un territorio donde la violencia habita. Escuchamos los balazos. Vemos las llamas. Observamos el rostro de Magdalena mientras alguien describe lo que posiblemente le hicieron a su hijo.

Valadez toma la decisión ética de no convertir el horror en espectáculo. Porque cuando ves una película mexicana sobre la violencia, ya sabes que no vas a ver solo el cuerpo. Vas a ver lo que queda: una maleta abandonada, una prenda de ropa, un montón de huesos calcinados que solo pueden identificarse por lo que vestían.

Ahí está la primera capa de crueldad, en los cuerpos que el fuego vuelve anónimos, identidades reducidas a una camisa, a unos zapatos. ¿Qué señas particulares quedan cuando el calor borró hasta los dientes?

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El sistema encargado de enfriar esperanzas

Magdalena no sabe leer ni escribir. Nunca ha salido de su pueblo. Pero cuando un funcionario le muestra una bolsa con restos calcinados y le pide que firme el acta de defunción, ella mira el papel y dice que no sabe si es su hijo.

Esa es la segunda capa de violencia. Las personas en condición de pobreza son violentadas dos veces: primero cuando desaparece su familiar, segundo cuando las obligan a firmar documentos que no entienden para declararlo muerto y dejar de buscarlo. La frialdad del sistema no es solo burocrática, es filosófica: si no hay cuerpo, no hay delito.

Si firmas, aceptas; si aceptas, te callas; si te callas, no incomodas y todos podemos seguir con nuestras vidas.

Todos son cómplices de un sistema lleno de violencia y corrupción. Las líneas de autobuses guardan silencio.

“Algunos camiones llegan sin gente y solo esconden la maleta. Pero nadie le va a decir”.

Ese nadie es un personaje colectivo: la indiferencia organizada, la complicidad de empresas, gobiernos y ciudadanos que prefieren no saber.

Dos Méxicos, una misma herida

La película nos muestra dos contextos diferentes, dos formas de atravesar el mismo infierno. Por un lado, Magdalena, la madre rural, analfabeta, que busca con las uñas. Por otro, una madre de clase media que también busca a su hijo. Las dos caminan el mismo desierto, enfrentan las mismas fosas, pero una tiene recursos para contratar abogados y la otra apenas puede pagar el camión.

Algunos se pierden yendo al norte, cruzando esa frontera que promete un sueño y termina siendo un cementerio. Otros, como Miguel (David Illescas), se pierden regresando. Deportado, devuelto a un país que ya no reconoce, Miguel encuentra cosas peores de las que huyó. Su personaje es fundamental porque nos muestra esa paradoja trágica donde el horror también espera en casa.

Y luego están los pueblos fantasma. Esas zonas restringidas donde el narco gobierna, donde los funcionarios que intentaron hacer algo aparecen muertos, donde no se sabe si la gente se fue o la mataron. Territorios donde el Estado brilló por su ausencia y luego por su complicidad.

El diablo tiene rostro de niño

Llegamos al giro. Ese momento en que la película nos obliga a repensarlo todo.

Magdalena descubre que su hijo no fue asesinado. Fue reclutado. Forzado a convertirse en sicario. La violencia es un sistema que devora a los jóvenes, que los transforma en verdugos para que dejen de ser víctimas. El hijo se convirtió en el diablo. El diablo tiene rostro de niño, mirada de adolescente, manos que aún podrían estar en un salón de clases.

Aquí el símbolo del diablo va más allá de un hombre con cuernos y cola. Es el que mata, el que tortura, el que siembra el miedo. Y es también el hijo que una mujer amamantó, enseñó a caminar y un día lo despidió en una terminal de autobuses. ¿Qué haces cuando el monstruo que buscas es la sangre de tu sangre? ¿Dónde pones el amor cuando el odio sería más fácil?

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La épica de los pequeños gestos

Hay una escena que me persigue desde ayer que vi la película. Magdalena frente a su hijo, descubriendo que no murió, sino que ahora es un sicario. Su mirada no era de miedo, era de asombro y dolor.

Magdalena ya no le teme al mundo. Cuando te quitan lo único que te importaba, el miedo se vuelve un lujo que ya no puedes pagarte.

¿Qué puede asustarte después de haber visto una fosa clandestina? ¿Qué amenaza puede detenerte si ya perdiste lo único que te anclaba a la vida?

Los recuerdos se vuelven más fuertes mientras más se alarga la espera. La esperanza nunca desaparece, aunque la razón diga lo contrario.

El cuerpo de otro, la paz propia

Al final, Magdalena no encuentra a su hijo (o sea, sí, pero ya no es más él). Reclama el cuerpo de Miguel, el joven deportado que la acompañó, que fue como un hijo prestado, que murió en el intento de ayudarla.

No puede darle sepultura a su hijo. Pero puede darle sepultura a un joven que pudo terminar en una fosa común. No puede cerrar su duelo, pero puede ayudar a cerrar el de otra madre. Es un acto de humanidad en medio del desierto moral.

Nosotros, los que miramos desde el sofá

Ver Sin señas particulares (disponible en Amazon Prime Video, ganadora de 9 premios Ariel y del Premio del Público en Sundance) es un acto incómodo. Nos recuerda que el mundo no se detiene para nadie, excepto para la madre que busca. Para ella, que el tiempo es otro: circular, repetitivo y eterno.

¿Qué haría yo si el desaparecido fuera uno de los míos? ¿Hasta dónde llegaría? ¿Saldría a buscar aunque el sistema me diga que firme, que me calle, que acepte? ¿Perdería el miedo? ¿Me convertiría en esa mujer que camina sola por carreteras prohibidas?

No olvidemos que somos un puñado de señas particulares que alguien, en algún lugar, recordará. O no. Y tal vez por eso ver esta película sea también un acto de resistencia. La promesa de que nosotros no vamos a olvidar.

Más sobre el ciclo de cine

Desde marzo hasta agosto, la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) pone en marcha CINE UAEH, un programa gratuito de extensión cultural que, a través de funciones accesibles para todo público y enriquecidas con cápsulas donde cineastas explican sus procesos creativos, buscará formar nuevas audiencias y fomentar el diálogo en torno al cine mexicano e internacional; el ciclo empezó con la muestra Voces del Cine Mexicano —impulsada por la AMACC— que incluye seis ciclos especializados y 24 títulos, entre ellos Las horas contigo y Guten Tag, Ramón. Toda la programación podrá consultarse en las redes sociales y micrositio de la Academia.

MIRELY I. ENRÍQUEZ

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