CineDale playDestacadas

‘La tumba de las luciérnagas’ y las consecuencias de la guerra

¿Cuántas veces la dignidad se ha sentido un lujo que no te puedes permitir? Y sobre todo, ¿en qué momento aprendemos, como sociedad, a mirar hacia otro lado cuando el que sufre es un niño?

Vi ‘La tumba de las luciérnagas’ (1988, Isao Takahata), en el Centro de Cultura Digital de Hidalgo. Afuera, el mundo seguía su curso, ajeno. Adentro, 89 minutos de belleza terrible me hicieron preguntarme si el cine no debería venir con una advertencia:

“Cuidado, esto no solo es una película, es LA PELÍCULA BÉLICA que tocará fibras sensibles en tu persona“.

Basta decir que me la pase llorando incontrolablemente los últimos 40 minutos de la cinta. No es muy difíci empatizar con los personajes, y más cuando estamos viendo de frente a una Guerra Mundial en proceso de formación.

¿De qué trata?

Dirigida por Isao Takahata y producida por Studio Ghibli, la cinta nos sitúa en el Japón de 1945 —finales de la segunda guerra mundial—. Seita, un adolescente, y su pequeña hermana Setsukoquedan huérfanos tras los bombardeos sobre Kōbe en Japón.

Sin una madre y con un padre ausente en la marina, inician un viaje desesperado por sobrevivir. La sinopsis suena a tragedia clásica y confirmo que es un campo minado emocional.

Es una película sobre lo que la guerra le hace a un hogar.

Los personajes y el dolor en una lata de caramelos

Takahata nos muestra el arquetipo de la niña que no termina de entender, pues Setsuko es la encarnación de la confianza incondicional. Es esa parte de nosotros que, incluso en la devastación, cree que si alguien mayor nos dice que todo estará bien, pues todo estará bien. Esa fe es tan pura que duele.

Por otro lado tenemos a Seita, el hermano que carga con un mundo que no le corresponde. Es el adolescente que debe aprender a ser padre, a ser madre, a ser proveedor, a ser escudo, en un contexto donde hasta los adultos han muerto en el intento de proger a los suyos.

¿No somos un poco Seita cuando intentamos proteger a los nuestros de realidades que nos superan, sonriendo con una lata de caramelos mientras por dentro nos consumimos?

TE PUEDE INTERESAR: ‘Distancias cortas’ y el poder del guion en el ciclo de Cine UAEH

La ausencia de un lugar seguro

La casa, o más bien la ausencia de ella, es el primer símbolo. La casa de la tía es un refugio que muta en una prisión emocional pues ella es la mujer que administra en un entorno lleno de dolor y miseria, personifica la supervivencia sin empatía,

“¿Para qué mantener bocas que no trabajan?”.

Es la crítica social más afilada de Takahata. La guerra desintegra familias con bombas, pero antes, las desintegra desde dentro, con rencores, con racionamientos, con el “yo primero”. Cuando la tía les echa de casa, es la sociedad de posguerra digiriendo a sus propios hijos.

¿No vemos ecos de eso hoy, en las fronteras que se cierran, en los refugiados que son un “problema logístico, político y territorial”, en los niños de Irán, de Gaza o de Ucrania que son estadísticas antes que nombres?

La cueva fuera de la realidad

Y entonces aparece el último hogar de los hermanos. La cueva junto al río. Es un espacio de libertad absoluta, pero también de vulnerabilidad total. Ahí, la guerra se siente lejana, , sin embargo es una ilusión. Es como esa burbuja de normalidad que intentamos construir cuando el mundo parece incendiarse.

Setsuko juega, hace rodar bolitas de barro, cree que construye algo. Ahí reside la búsqueda de sentido en lo cotidiano, esa necesidad humana de crear rituales, juegos, belleza, incluso cuando la miseria es constante y la muerte acecha todos lo días. Ella junta luciérnagas. Y es ahí donde ocurre el giro, la revelación más devastadora.

Las luciernagas y el recuerdo de sus muertos

Las luciérnagas, en la tradición japonesa, son las almas de los muertos. Esa noche, Setsuko llena la mosquitera con ellas. Por un instante, la cueva es un cielo estrellado, un universo de luz en medio del caos. Pero al amanecer, las luciérnagas están muertas en el suelo.

Setsuko, con esa lógica perfecta e implacable de la infancia, cava una tumba y pregunta:

“¿Por qué murieron? ¿Por qué las luciérnagas mueren tan pronto?”

Seita no responde, pero nosotros, como espectadores, lo sabemos, porque el mundo ya no es un lugar para la luz. Setsuko entierra a las luciérnagas sin saber que, metafóricamente, se está enterrando a sí misma y a todos los que alguna vez conoció antes de la guerra.

Es la premonición de su propio final.

El dolor y la inanición caben en una lata de caramelos

La lata de caramelos, ese objeto que Setsuko lleva a todas partes, se convierte en la memoria y la ausencia. Al principio contiene dulces, luego agua, luego… nada. Es el hueco que deja la madre, la patria, la esperanza.

Cuando Setsuko, ya desnutrida, invita a su hermano a comer piedras y barro creyendo que son bolas de arroz, la lata ya no es un recipiente, es un ataúd simbólico.

¿Qué guardamos nosotros en nuestras latas personales? ¿Recuerdos que nos alimentan o nostalgias que nos envenenan?

El homenaje a una hermana que no pudo salvar

Takahata, en entrevistas, confesó que la película nació de su propia culpa de sobreviviente, el tampoco pudo salva a su hermana. Vivió los bombardeos de segunda mano, y quiso retratar la muerte de esos niños que él no vio, pero que existieron.

La película no es un juicio a Estados Unidos por las bombas, es un juicio a Japón por fallar a sus niños. Es una crítica a un país que perdió la guerra y, en su derrota, sacrificó a los más vulnerables en el altar del orgullo nacional.

Mi opinión

¿Qué hacemos con los niños mientras los adultos juegan a la geopolítica? Mientras miramos las noticias sobre Israel e Irán, sobre Rusia y Ucrania, nos preguntamos si los Seita y Setsuko de hoy están encontrando su cueva o su tumba.

Salí del Centro de Cultura Digital con un nudo en la garganta y una pregunta: ¿De qué sirve sobrevivir si lo que amas no sobrevive contigo?

Seita sobrevive unos meses, pero en realidad muere con Setsuko. La lección de ‘La tumba de las luciérnagas’ es que el instinto de proteger es tan fuerte que, cuando falla, nos consume.

Setsuko, con su vestido quemado y su voz frágil, nos deja una frase que se queda como un eco:

“Suicchi, ¿dónde está mamá?”

Esa pregunta, la más humana de todas, es la que retumba en cualquier conflicto. Porque al final, la guerra es de hermanos cargando hermanas, de latas vacías y de luciérnagas que se apagan. Y lo más aterrador es darnos cuenta de que, en el fondo, todos llevamos una lata de caramelos esperando a ser vaciada.

Sobre el Cine Club del Centro de Cultura Digital de Hidalgo

Si esta reseña removió algo en ti, la próxima cita es el jueves 19 de marzo a las 16:00 hrs en el Centro de Cultura Digital de Hidalgo. La función es gratuita. No sé qué proyectarán porque aun no revelan la cartelera, pero con ese antecedente, arriesgarse a una tarde de cine suena a buen plan.

MIRELY I. ENRÍQUEZ

WhatsApp

Si quieres enterarte de más, síguenos en FacebookYouTube o bien en TikTok.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button