
En Davos, frente a líderes, cámaras y traductores simultáneos, Donald Trump lanzó una de esas frases que no buscan explicar el pasado, sino dominarlo: “Sin nosotros, ahora mismo todos hablarían alemán y quizás un poco de japonés”.
Fue una declaración de poder envuelta en historia, un guiño al trauma del siglo XX usado como argumento político del siglo XXI.
¿Memoria o amenaza?
La Segunda Guerra Mundial es una herida abierta en Europa, un campo minado de significados, silencios y promesas de “nunca más”.
Cuando Trump invoca ese pasado para recordar quién “ganó” y quién “debería estar agradecido”, no está conmemorando: está jerarquizando. Está diciendo, en esencia, que la historia concede derechos permanentes.
Y ahí es donde la frase se vuelve incómoda, áspera, peligrosa.
Porque hablar de “alemán” y “japonés” como lenguas que habrían dominado el mundo sin Estados Unidos no es solo una referencia bélica. Es una forma de reducir naciones, culturas y millones de vidas a un marcador geopolítico. Es convertir la memoria en moneda de cambio.
Groenlandia: del mapa al trofeo
La frase no cayó en el vacío. Llegó con un objetivo claro: justificar el deseo de “comprar” Groenlandia. Trump presentó la isla como un “pedazo gigante de hielo” que solo Estados Unidos puede proteger, desarrollar y “mejorar”.

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El lenguaje importa. Cuando un territorio se describe como objeto, las personas que lo habitan desaparecen. La historia local se vuelve un pie de página. La soberanía, una molestia técnica.
El eco de una frase
¿Es racista? ¿Es autoritaria? ¿Es una sombra del lenguaje de la guerra total que Europa prometió enterrar?
Porque cuando una frase juega con el fantasma de “hablar alemán” como amenaza, no solo roza la historia: la trivializa.
En Davos, entre trajes oscuros y traductores atentos, no se escuchó solo una opinión. Se escuchó una manera de ver el mundo: uno donde la historia no se comparte, se reclama.
El nazismo no fue una metáfora, fue una catástrofe humana, y usar su sombra como argumento político es convertir el horror en recurso retórico. La memoria no se presume, se respeta. Y cuando se olvida eso, la historia deja de ser lección y vuelve a ser advertencia.
Y quizás lo más inquietante no fue la frase en sí, sino el silencio que vino después. Porque hay momentos en los que callar también es una forma de responder.

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