
Cuando le preguntaron a Donald Trump si los días de Nicolás Maduro estaban contados, el presidente respondió con esa mezcla de soberbia e improvisación que lo caracteriza. Pero detrás del comentario casual había algo más inquietante: la posibilidad real de que Washington estuviera diseñando un plan militar contra Venezuela, un país que lleva años atrapado entre el autoritarismo de Maduro y la ambición geopolítica de potencias extranjeras.
Mientras Trump analiza sus opciones, sus asesores algunos con más entusiasmo que juicio han impulsado un expediente agresivo: expulsar a Maduro del poder por la vía militar. Y aunque la sola idea enciende alarmas internacionales, lo cierto es que para muchos dentro de su círculo, Maduro dejó hace tiempo de ser visto como un presidente para convertirse en un “objetivo”.
Pero aquí conviene hacer una pausa.
Si Trump actúa con impulsividad, Maduro gobierna desde la negación absoluta. No reconoce su fracaso, se aferra a su silla y ha convertido la crisis humanitaria en un campo de batalla político. Su régimen ha hundido a Venezuela en una espiral de pobreza, persecución y control.
Y mientras tanto, él ofrece a potencias extranjeras concesiones petroleras como si fueran fichas de casino.
Aun así, que Maduro sea responsable del derrumbe venezolano no convierte automáticamente cualquier ataque estadounidense en una solución.
Una estrategia llena de riesgos
Los planes preliminares incluyen bombardear instalaciones militares, enviar comandos especiales para capturar o eliminar a Maduro e incluso tomar el control de campos petroleros estratégicos. Todo esto mientras Estados Unidos concentra miles de soldados, cazas y un portaaviones en el Caribe.
Trump lo piensa, pero no por prudencia humanitaria, sino por cálculo político: teme un fracaso que lo haga quedar mal. Y como siempre, antes que la democracia o la estabilidad regional, su interés principal parece ser el petróleo venezolano.

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Aun así, los asesores más cercanos lo presionan. Algunos quieren derrocar a Maduro “cueste lo que cueste”, aunque eso “coste” vidas, caos o un conflicto abierto. La obsesión de Trump con la riqueza petrolera de Venezuela no ayuda a tranquilizar el panorama.
Maduro: el principal responsable del desastre
Es imposible evitar la crítica directa: Maduro ha destruido un país entero mientras insiste en que todo va bien. Manipuló elecciones, persiguió opositores, exilió familias y permitió que la economía colapsara bajo sus ojos. Su gobierno no es un accidente: es una maquinaria de control y sobrevivencia.
Pero que Maduro sea un desastre monumental no significa que una intervención militar liderada por Trump sea automáticamente la salida correcta. La historia de América Latina y la de Estados Unidos está llena de advertencias.
Entre dos extremos peligrosos
Trump, con su retórica incendiaria, y Maduro, con su autoritarismo obtuso, colocan a Venezuela en el peor de los escenarios: entre un líder que juega a la guerra y otro que juega a ser invencible.
Ambos buscan consolidar poder, ambos usan el miedo como herramienta política. La diferencia es que uno gobierna un país quebrado y sin libertades, y el otro lidera una potencia capaz de convertir una amenaza en una acción militar en minutos.

Y mientras ellos se enfrentan en sus tableros personales, millones de venezolanos siguen atrapados en la incertidumbre, la pobreza y el exilio.
En esta batalla de egos y estrategias, la pregunta real no es qué hará Trump o cuánto más resistirá Maduro. La pregunta es quién, finalmente, pensará en Venezuela.

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