
Hay tragedias que interrumpen el ruido político. Y hay tragedias que lo explican. El descarrilamiento del Tren Interoceánico en Oaxaca (14 muertos, decenas de heridos, 250 pasajeros a bordo) no es solo un accidente ferroviario. Es una señal de alarma sobre la manera en que este Gobierno ha decidido construir infraestructura: rápido, simbólico y bajo presión política.
El tren que prometía modernidad…
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, los proyectos ferroviarios se convirtieron en estandarte. El Tren Maya y el Interoceánico no eran solo obras públicas; eran narrativa, legado, bandera.
Y cuando la infraestructura se convierte en símbolo político, los calendarios pesan más que los protocolos.
Expertos lo dijeron entonces y lo repiten ahora: seis años son poco tiempo para levantar corredores ferroviarios de esta magnitud con estándares internacionales de seguridad. Muy poco. La ingeniería no obedece discursos; obedece tiempos, pruebas, cálculos y supervisión técnica rigurosa.
En el caso del Interoceánico, además, se reacondicionó material rodante antiguo. Vagones de segunda mano. Locomotoras con décadas encima. Todo bajo contratos declarados de seguridad nacional. La transparencia quedó en segundo plano.
Las primeras versiones apuntan al exceso de velocidad. Curvas cerradas. Zona montañosa. Un vagón que cae seis metros. La pregunta no es solo qué hizo el maquinista. La pregunta es qué sistema permitió que ese tren circulara en esas condiciones.
La Auditoría Superior de la Federación ya había señalado fallos en la construcción de las vías: problemas en curvas, pendientes, correcciones técnicas. Se documentaron prisas. Se documentaron irregularidades. Y, aun así, la obra se inauguró.
¿Por qué había que inaugurarla?
Ahora la presidenta Claudia Sheinbaum promete 3,000 kilómetros más de vías antes de 2030. “De la misma manera”, dijo, que se construyó el Tren Maya. Esa frase debería preocupar más que tranquilizar.

No se trata de oponerse al ferrocarril. México necesita trenes. Necesita conectividad. Necesita desarrollo regional. Pero necesita, sobre todo, infraestructura segura, auditada y técnicamente sólida. No megaproyectos que corran contra el reloj electoral.
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Hay un antecedente que a todos nos suena: la Línea 12 del Metro en Ciudad de México. En 2021, el colapso dejó 27 muertos. También hubo promesas de investigaciones exhaustivas. También hubo informes técnicos que después fueron cuestionados desde el poder.
Velocidad vs Seguridad
La historia se repite cuando no se asumen responsabilidades estructurales.
Hoy el Gobierno dice que revisará la caja negra. Que analizará frenos, velocidad, conducción. Eso está bien. Pero el debate no puede limitarse a la mecánica del último minuto.
La responsabilidad política no empieza en la curva donde descarrila el tren; empieza en el despacho donde se aprueban plazos imposibles.
Si este accidente no obliga a replantear la forma en que se planean y ejecutan los proyectos ferroviarios, entonces las 14 muertes habrán sido tratadas como estadística y no como advertencia.
México puede construir trenes modernos. Lo que no puede permitirse es construirlos a la velocidad de la propaganda.

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