
En Minnesota, el miedo ya no paraliza: ahora organiza, pues ante el aumento de operativos de ICE, comunidades enteras han decidido activar la vigilancia comunitaria para cuidarse entre sí y proteger a migrantes que viven bajo la constante amenaza de detenciones. La consigna es clara y directa: si ellos vigilan, nosotros también.
En ciudades como Minneapolis y St. Paul, vecinos se turnan para recorrer calles, observar movimientos sospechosos y lanzar alertas en tiempo real cuando detectan vehículos de ICE o de Aduanas y Protección Fronteriza. Todo ocurre en minutos gracias a grupos de mensajería donde un aviso basta para que la gente salga, grabe, observe y avise casa por casa que no es seguro andar afuera.
Los participantes aseguran que no buscan confrontación, sino algo mucho más incómodo para las autoridades: testigos. La presencia de celulares, cámaras y decenas de ojos atentos funciona como freno ante posibles abusos y violaciones a derechos constitucionales. “Cuando hay más gente mirando, se comportan distinto”, dicen los vecinos.
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La organización se intensificó tras el asesinato de Renee Good, una residente de Minneapolis que murió por un disparo de un agente federal. Para muchos, ese hecho fue el punto de quiebre: ya no bastaba con indignarse, había que estar presentes. Desde entonces, silbatos, grabaciones y patrullajes vecinales se volvieron parte del día a día.
Aunque algunos críticos califican estas acciones como provocación, las comunidades insisten en que se trata de supervivencia colectiva. En Minnesota, frente a ICE, la vigilancia comunitaria se ha convertido en una red de protección para migrantes.
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