
¿Listo para que se te caiga un mito lingüístico que todos repetimos bien seguros?, pues agárrate, porque el verdadero origen de la palabra “gringo” no tiene nada que ver con soldados gritando “Green Go!” ni con uniformes verdes. De hecho… ni siquiera nació en México.
Todo empezó cuando el escritor y lingüista David Bowles, creador de los hilos Mexican X-Plainer, se puso a escarbar en la historia de las palabras más mexicanas que usamos diario —tipo “güero”, “chavo” o “chingón”— para explicar qué onda con su origen real. Y cuando llegó a “gringo”, la cosa se puso buena: la primera vez que alguien usó este término fue en España, no aquí, y servía para referirse a cualquier extranjero que hablara raro o con acento marcado.
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Pero espérate, porque el chisme se pone más jugoso: según Bowles, “gringo” podría venir de… “griego”. Sí, de Grecia. Resulta que durante siglos se usó “griego” para decir “esto no se entiende nada”, y con el paso del tiempo la palabra empezó a transformarse por fenómenos lingüísticos como la epéntesis y la elisión. Así nació una cadena evolución digna de novela: griego > griengo > gringo.
Y aunque durante años “griego” y “gringo” se usaron casi como sinónimos para hablar de algo ininteligible, con el tiempo en América se le pegó especialmente a los estadounidenses por razones obvias: historia, política, cultura… ya sabes, todo lo que pasa entre vecinos que se quieren, se pelean, se necesitan y se critican.
Hoy “gringo” trae su propio equipaje emocional y social, y su significado cambia según quién lo diga y en qué contexto, pero entender su origen en realidad nos recuerda algo chido: el idioma también es memoria, identidad y un montón de historias escondidas que vale la pena descubrir.
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