La reforma que promete ahorro a costa de la autonomía institucional

Hay palabras que suenan bien en conferencia de prensa, pero que tiemblan cuando se pisan en la calle. “Austeridad”. “Ahorro”. “Voluntad popular”. Esta semana, el Gobierno de México volvió a ponerlas sobre la mesa para vender su nueva reforma electoral.

El envoltorio es bonito: reducir costos, recortar legisladores, eliminar “excesos”. El fondo, en cambio, huele a otra cosa: menos contrapesos, más control, menos ruido incómodo en el Congreso.

La propuesta llega desde Palacio Nacional, firmada por Claudia Sheinbaum, como si fuera una solución técnica a un problema contable. Pero la democracia no es una factura de luz que se baja apagando focos.

Es un sistema frágil que se cuida, se revisa y, sí, se financia. Y cuando el poder decide “ahorrar” justo en los mecanismos que lo vigilan, hay que prender las alarmas.


El discurso del ahorro que sale caro

El gobierno promete recortar 25% del costo del sistema electoral, adelgazar al Congreso y quitar de en medio las listas plurinominales.

En el papel suena a cirugía estética: menos grasa, más músculo. En la práctica, el bisturí apunta directo a órganos vitales:

El mensaje implícito es peligroso: confiemos menos en las instituciones, confiemos más en quien gobierna.

Y eso, en cualquier democracia que se respete, no es un avance: es un retroceso con maquillaje.


¿Austeridad o miedo a la pluralidad?

Nos dicen que las plurinominales son un “exceso”. Lo que no dicen es que esas curules han sido, durante años, la única puerta de entrada para voces que no ganan distritos pero sí representan millones de votos.

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Quitarlas no es “democratizar”: es simplificar el tablero para que jueguen los de siempre.

Reducir el Senado también se vende como limpieza. Pero un Congreso más chico no es automáticamente un Congreso mejor.

A veces es solo un Congreso más fácil de alinear. Menos voces incómodas. Menos freno. Menos debate real.


El fantasma del control

Cuando el poder ejecutivo propone recortar al árbitro, achicar la representación y quitar herramientas de transparencia, no está modernizando la democracia: la está estrechando.

No es paranoia: es historia latinoamericana básica. Primero se cuestiona a las instituciones. Luego se les quita presupuesto. Después se les “reorganiza”. Al final, estorban.


La democracia no es barata. El autoritarismo sí

Es legítimo discutir costos. No es legítimo usar el ahorro como excusa para desarmar contrapesos. La democracia cuesta porque vigilar al poder cuesta. Porque contar votos con rigor cuesta. Porque permitir que entren voces distintas cuesta.

Hoy no se está discutiendo solo una reforma técnica. Se está discutiendo qué tan incómodo queremos que sea el sistema para el poder.

Y la respuesta del gobierno parece clara: menos incomodidad, menos vigilancia, menos estorbo.



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