La obra de Jeff Bezos para los próximos 10 mil años

En una ladera silenciosa del oeste de Texas, lejos de carreteras y ciudades, un reloj late sin prisa. No marca la hora del café ni el inicio de una reunión. Marca algo más ambicioso: el paso de los próximos 10 mil años de la humanidad.
Detrás de esta idea a medio camino entre la ciencia, el arte y la filosofía está Jeff Bezos, fundador de Amazon, quien ha invertido más de 40 millones de dólares en una máquina pensada para sobrevivirnos a todos.
La escena parece sacada de una novela: una montaña de piedra caliza, una cavidad de 152 metros de altura y, en su interior, un mecanismo que avanza con la paciencia de un planeta.
El proyecto se conoce como el Reloj de los 10.000 Años, una obra monumental que no busca precisión en segundos, sino perspectiva en siglos.
Un reloj que no corre, reflexiona
La idea nació en 1989 en la mente de Danny Hillis, profesor del MIT, quien soñaba con un objeto capaz de empujar a la humanidad a pensar más allá del mañana. “Quería un reloj que funcionara una vez al año”, dijo alguna vez, “donde la manecilla del siglo se moviera cada 100 años y el sonido del milenio se escuchara solo una vez cada mil”.

Bezos encontró en ese concepto una metáfora poderosa para su propia obsesión por el largo plazo. Hoy, ese sueño toma forma en la Sierra Diablo, Texas, a más de 200 kilómetros del aeropuerto más cercano. Llegar al reloj no es fácil. Y no es casualidad. La visita está pensada como un peregrinaje, un trayecto físico que refleje la distancia entre el presente y el futuro.
Acero, titanio y el sol como motor
El reloj no depende de chips ni pantallas. Está hecho para durar cuando la tecnología actual sea solo un recuerdo. Sus creadores eligieron titanio, acero inoxidable y una cúpula de cristal de zafiro.
Sus engranajes algunos de más de dos metros se mueven gracias a los ciclos térmicos de la Tierra y a un sistema que se sincroniza con el sol cada mediodía.
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En su interior hay contrapesos de cinco toneladas, rodamientos de cerámica y un mecanismo binario capaz de mantener una precisión que desafía al tiempo mismo. No es solo una máquina. Es una declaración.

Un gesto para la posteridad
En una era dominada por notificaciones y urgencias, este proyecto propone lo contrario: pensar en milenios, no en minutos.
En la montaña, el reloj sigue ahí, avanzando apenas, como si le susurrara al futuro que alguien, en algún momento, se tomó el tiempo de imaginarlo.

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