
En Davos, entre trajes oscuros, traductores simultáneos y cafés que se enfrían, Gaza apareció en una pantalla como un render inmobiliario. Rascacielos junto al mar. Resorts brillando al sol. Centros de datos, puertos, aeropuertos. Una “Nueva Gaza” trazada con líneas limpias y promesas de prosperidad.
Quien sostenía el control remoto era Jared Kushner, yerno y emisario de Donald Trump.
Un mapa sin personas
Las diapositivas mostraban un litoral de 40 kilómetros convertido en zona turística, 180 torres residenciales y hoteleras frente al Mediterráneo, parques, áreas deportivas y un gran puerto. Hacia el interior, complejos industriales, centros logísticos y un aeropuerto en la frontera con Egipto.
En el plano, todo encaja. En la realidad, más de 70,000 personas han muerto en Gaza desde octubre de 2023.
La imagen que Kushner presentó avenidas arboladas, rotondas, escuelas y hospitales parecía pensada para una ciudad que aún respira. Pero Gaza, hoy, no respira de esa forma.

Rafah: el punto de partida de una promesa
El “Plan Maestro” arranca en el sur, en Rafah, una de las zonas más golpeadas por los ataques. Ahí se levantaría la primera ciudad: 100,000 viviendas, 200 centros educativos, 180 espacios culturales y religiosos, 75 centros médicos.
La inversión estimada: 25,000 millones de dólares.
La proyección económica: una Gaza que alcance los 10,000 millones de dólares en PIB para 2035 y genere más de 500,000 empleos.
Trump, el constructor
El propio Donald Trump enmarcó la propuesta desde su biografía: “Miren esta ubicación junto al mar. Miren esta preciosa propiedad”.
No habló de desplazados. No habló de hospitales colapsados. Habló de potencial.
En otra diapositiva, la “Nueva Gaza” se parecía inquietantemente a un video de inteligencia artificial difundido hace un año: un lujoso “Trump Gaza” con playas, hoteles y vida de postal, mientras la realidad seguía siendo una secuencia de refugios, cortes de luz y ayuda bloqueada.

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Kushner fue tajante: sin el desarme completo de Hamás, no hay construcción.
Pero sobre el terreno, el alto el fuego se rompe, los rehenes no han sido entregados y Washington no logra reunir países para una fuerza de paz.
“Genocidio sin testigos”
Mientras en Davos se hablaba de rascacielos, en Ginebra expertos de la ONU usaban otra palabra: genocidio.
Denunciaron la muerte de periodistas, la expulsión de observadores y el bloqueo de organizaciones humanitarias.
Más de 500 trabajadores de ayuda y al menos 1,500 sanitarios han muerto, según sus cifras.
Cerca de 50 millones de dólares en asistencia vital siguen detenidos.
¿Es esto un proyecto de paz o un proyecto de poder?
¿Una reconstrucción pensada para quienes viven en Gaza o para quienes la miran desde lejos, como una “propiedad frente al mar”?


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