
La escena duró segundos, pero el eco fue más largo. Un hombre de pie, un cartel alzado, un mensaje incómodo frente al poder. En medio del discurso ante el Congreso de Donald Trump, el representante Al Green fue escoltado fuera del pleno por sostener un letrero que decía: “Los negros no son simios”.
Fue un gesto calculado para interrumpir la normalidad y forzar una conversación que muchos prefieren esquivar.
El cartel apuntaba a un video reciente que Trump había difundido y luego retirado en el que Barack Obama y Michelle Obama aparecían como simios.
Una pieza racista que volvió a poner en el centro la pregunta incómoda: ¿qué se normaliza cuando el poder juega con estereotipos? Green, empujado hacia la salida mientras un colega intentaba arrebatarle el cartel, dijo después que Trump “vio el mensaje”.

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No era la primera vez que Green interrumpía al presidente; el año pasado lo expulsaron por alzar su bastón en los primeros minutos del discurso. Esta vez, dijo, fue intencional.
Nombró a Martin Luther King Jr. y Rosa Parks para recordarle a Washington que la protesta incomoda por diseño. En un Capitolio que premia el silencio y castiga el ruido, su acto no buscó aplausos: buscó dejar constancia. La política, cuando se enfrenta al racismo, no siempre es pulcra.
A veces es un cartel levantado a contraluz del poder.

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