
Lo peligroso no es que la política haga ruido. Lo peligroso es cuando el ruido se vuelve normal. Y en eso, Donald Trump ha sido especialista: convirtió la descalificación en show, la mentira en estrategia y la división en una rutina.
No es solo “su estilo”; es una forma de gobernar que desgasta las reglas del juego. Cuando el líder más visible ataca instituciones, ridiculiza la ley y trata la crítica como traición, la democracia se vuelve frágil por costumbre.
No estamos viendo un “colapso” de película. Esto es más lento y más peligroso: se rompen hábitos. La gente deja de creer en árbitros, la empatía se vuelve debilidad, la verdad se vuelve “opinión”. Y así, sin darnos cuenta, lo que antes indignaba ahora se tolera.
Ese es el truco: normalizar lo inaceptable hasta que ya no duele.
Ojo: Estados Unidos no es Roma cayéndose mañana. Las instituciones siguen de pie. Pero cada ataque a las reglas, cada burla al Estado de derecho, cada premio a la mentira, erosiona el suelo donde se para la república.
El riesgo real no es Trump en sí: es el ecosistema que aplaude el atajo, celebra el abuso y llama “valentía” a la prepotencia. Cuando eso pasa, no hace falta un colapso: la democracia se va quedando sin aire.
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Donald Trump es el espejo de una parte del país que decidió que la fuerza importa más que la verdad.
Cuando se aplaude al que humilla, cuando se vota al que miente “porque al menos es brutalmente honesto”, se firma un contrato con el cinismo.
La democracia no muere de un balazo; se asfixia cuando la gente deja de exigir decencia. Y el día que la decencia estorba, la tiranía ya no entra por la puerta: la invitan a sentarse.
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