
Este martes se cumple un año de la muerte del papa Francisco, un momento importante para millones de fieles y observadores que siguen de cerca el rumbo de la Iglesia. A doce meses de distancia, el legado de Francisco en el Vaticano no solo sigue presente, también se siente en cada decisión que hoy toma León XIV, quien ha optado por mantener esa línea de apertura y cercanía que marcó el pontificado anterior.
Francisco, el primer papa latinoamericano, dejó una huella difícil de borrar. Su idea de una Iglesia más humana, más cercana a la gente y menos rígida, logró conectar incluso con quienes estaban alejados de la fe. No era raro escucharlo hablar de una Iglesia como “hospital de campaña”, abierta para todos, sin importar su historia. Esa visión, lejos de apagarse con su partida, hoy parece reforzarse.
Durante su gestión, el Vaticano enfrentó temas incómodos, como los casos de pederastia y las reformas económicas internas. Francisco no esquivó esos temas; al contrario, los puso sobre la mesa. También apostó por el diálogo constante, reuniéndose con cardenales y promoviendo una Iglesia que escucha, algo que hoy sigue siendo parte del ADN institucional.
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León continúa el legado de Francisco
Sin romper con lo hecho, León XIV ha optado por una continuidad que no suena a copia, sino a evolución. Ha mantenido el énfasis en una Iglesia más cercana, pero también ha buscado darle orden a varios procesos que Francisco dejó en marcha, especialmente en temas internos y administrativos.
Al mismo tiempo, ha insistido en que la apertura no debe quedarse en discurso, sino reflejarse en acciones concretas, como el acercamiento a comunidades marginadas y el impulso de espacios de diálogo con sectores históricamente alejados de la Iglesia.
En pocas palabras, León XIV no está empezando de cero; está afinando una ruta que ya venía trazada, intentando equilibrar la sensibilidad pastoral de Francisco con una mayor estabilidad institucional.
A un año de la muerte del papa Francisco, más que recordar su ausencia, el mundo parece seguir conversando con su presencia. Porque al final, su forma de ver la Iglesia no se fue con él; se quedó caminando entre quienes aún creen en una institución más abierta, más humana y, sobre todo, más consciente de su tiempo.
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