
Cuando llega el frío, el campo mexicano se llena de vida y color; estas son las joyas de frutas que hacen del invierno una temporada deliciosa, con historia, tradición, y mucho orgullo por México.
Pitahaya (fruta del dragón)
Exótica, colorida y con una historia ancestral. Su pulpa blanca o roja con semillas negras y su cáscara rosada la hacen inconfundible. Originaria de Jalisco, Michoacán, Oaxaca, Guerrero y Puebla, esta fruta fue sagrada para los pueblos indígenas por sus propiedades curativas. Rica en fibra, magnesio y vitamina C, la pitahaya sigue siendo símbolo de nuestra biodiversidad.

Peras poblanas
Dulces, jugosas y con ese toque floral que enamora. Nacidas en Puebla, mezclan herencia prehispánica y técnicas europeas. Son perfectas para comer frescas o cocinadas, y llenas de vitamina C, potasio y fibra. Orgullo poblano, sin duda.

Guayaba
El aroma que anuncia la Navidad mexicana. Dulce, ácida y rica en vitamina C —más que los cítricos—, es la reina de los ponches y los ates. Cultivada en Michoacán, Zacatecas y Puebla, la guayaba nos conecta con nuestras tradiciones más queridas.

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Mamey
Con su pulpa color salmón y sabor entre calabaza, vainilla y miel, el mamey es un manjar de los dioses. Los mayas lo consideraban sagrado y símbolo de abundancia. Lleno de vitaminas y potasio, es puro cariño en cada bocado.

Zapote negro
Conocido como “la fruta del pudín de chocolate”, su pulpa oscura y sabor dulce sorprenden a quien la prueba. Originario de Veracruz y Guerrero, este tesoro prehispánico es fuente natural de vitamina C y fibra.

Maracuyá
Ácido, fragante y tropical. El maracuyá llegó desde Sudamérica y encontró su hogar en Chiapas y Yucatán. Con su piel arrugada y su aroma intenso, aporta vitaminas A y C y una frescura perfecta para jugos o postres.

Chirimoya (anona)
Con forma de corazón y textura cremosa, la chirimoya es puro amor mexicano. Su sabor combina plátano, piña y vainilla. Originaria de Oaxaca y Morelos, era considerada “la obra maestra de la naturaleza” por los antiguos españoles.

Chicozapote
Dulce, suave y con un toque a canela, esta fruta del sureste —Yucatán, Campeche y Tabasco— fue básica para los mayas. De su látex nació el chicle natural, y su pulpa, rica en fibra y energía, sigue siendo un clásico del invierno.

En cada bocado hay historia, cultura y orgullo.
México no solo tiene los sabores más ricos del mundo, también las frutas más llenas de alma, este invierno, saborea lo nuestro.

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