
Lo que ocurrió hace apenas hace unos días en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) no es un hecho aislado.
Es la fotografía perfecta de un sistema roto, de un aeropuerto que ya no sirve y de un gobierno que ha decidido mirar hacia otro lado mientras la principal puerta de entrada al país se desmorona.
El fin de semana, el AICM volvió a colapsar. Lluvias intensas dejaron pistas inundadas, áreas de entrega de maletas convertidas en lagos y pasillos llenos de cubetas para las goteras.
Ciento cuatro vuelos retrasados o cancelados, miles de pasajeros atrapados, y una imagen penosa para México frente al mundo.
El problema no es la saturación de vuelos, es el abandono y el deterioro de la infraestructura. Así lo dijo incluso la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA).
Un aeropuerto sin mantenimiento… y sin dinero para tenerlo
El AICM no recibe un presupuesto correcto para el mantenimiento de las terminales.
Esa decisión, que costó 323 mil millones de pesos, nos dejó sin un aeropuerto moderno, funcional y preparado para el crecimiento del país… y nos condenó a seguir usando una terminal vieja, con drenajes obsoletos y techos que no soportan una tormenta.

El golpe a la conectividad y la economía
En vez de invertir para reparar y modernizar, el gobierno optó por reducir vuelos de 52 a 43 por hora, bajo el argumento de “saturación”.
Mientras tanto, las promesas de mejoras brillan por su ausencia. No hay obras reales, no hay transparencia en el destino de recursos y no hay un plan integral que evite que la próxima lluvia convierta de nuevo al aeropuerto en una piscina.
El costo de un capricho
La realidad es simple, el AICM ya cumplió su ciclo de vida útil. Su ubicación, diseño y capacidad no pueden competir con las demandas del siglo XXI.
Texcoco era la solución, pero fue enterrada por razones políticas. El resultado: un aeropuerto que se cae a pedazos y un país que pierde competitividad internacional.
Mientras el gobierno sigue priorizando obras de dudosa utilidad y dejando al AICM como un problema secundario, la vergüenza continuará.
Cada tormenta, cada fuga de agua y cada retraso será un recordatorio de que el precio lo pagan los pasajeros, el turismo y la economía nacional.
Y lo peor es que no hay señales de cambio. Porque para este gobierno, la imagen de un aeropuerto inundado y colapsado parece menos urgente que defender un discurso político.

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DIEGO LEIZA

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