
En las montañas de la Sierra Otomí-Tepehua, las manos de los artesanos convierten mantas blancas en lienzos vibrantes. Los tenangos, bordados famosos por sus colores explosivos y figuras fantásticas, representan mucho más que una artesanía; constituyen la memoria visual de la comunidad de San Nicolás, en el municipio de Tenango de Doria, Hidalgo.
Un origen nacido de la crisis
Aunque los diseños parecen ancestrales, la técnica actual surgió en la década de 1960 tras una sequía severa que arruinó las cosechas de café y maíz, obligando a los pobladores a buscar nuevas formas de sustento. Las mujeres de la comunidad adaptaron los antiguos dibujos de las cuevas y los bordados de sus trajes tradicionales (el itit) para crear piezas comerciales.
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Gumersindo de la Cruz, un joven local, destaca en la historia como uno de los primeros “dibujantes”. Él comenzó a trazar animales y flores sobre tela para que las mujeres los bordaran, estableciendo la división entre quien diseña y quien da vida al bordado, un modelo que permanece hasta hoy.
El simbolismo en cada puntada
Cada pieza de tenangos narra un evento específico. Los artesanos plasman la siembra, el matrimonio, las fiestas patronales y la cosmovisión otomí, usando colores libres que celebran la creatividad. Los colores no siguen reglas fijas: un conejo puede ser azul y un venado naranja, pues el bordado celebra la libertad creativa.
Sin embargo, el éxito internacional de estos diseños atrae amenazas. Grandes marcas de moda han plagiado los patrones, por lo que las comunidades luchan por proteger su propiedad intelectual y el significado sagrado de sus hilos. Los tenangos no solo decoran; cuentan la resistencia de un pueblo que transformó su crisis en un legado de color.
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