Josef Albers y Luis Barragán: un mismo idioma en dos diferentes artes

En apariencia, Josef Albers y Luis Barragán pertenecen a mundos distintos. Uno, el pedagogo alemán de la Bauhaus que encontró en la abstracción geométrica y en el color un laboratorio infinito de percepción. El otro, el arquitecto mexicano del silencio y la luz, que convirtió muros, jardines y agua en poesía construida.
Sin embargo, mirar sus obras en paralelo revela una misma estética.
Albers decía que su tarea como maestro era simplemente “abrir los ojos”. Barragán, por su parte, entendía la arquitectura como un refugio para el alma, donde cada muro debía proteger la intimidad del espíritu humano.
Ambos coincidieron en que el arte verdadero, basta la pureza del color, la forma y la experiencia de habitar.
Cuadrados que se habitan y muros que se contemplan
El cuadrado de Albers y el muro de Barragán parecen espejos distantes. En ambos, el color es protagonista absoluto, vibrando con una intensidad que depende de la luz, del entorno y de la mirada del espectador.

Los cuadrados del alemán recuerdan a los planos cromáticos que Barragán levantaba en sus casas: un muro rosa frente al azul del cielo, un amarillo resplandeciente junto a la sombra de un árbol.
Albers pintó la percepción y Barragán la construyó.
Herederos de un mismo lenguaje
Hoy, quien mira un “Homenaje al cuadrado” y luego camina por la Casa Gilardi entiende que hay un mismo idioma, es el color como experiencia y protagonista del espacio.

El arte de Albers y la arquitectura de Barragán nos recuerdan que lo esencial no está en la complejidad, sino en el gesto exacto que convierte la forma en emoción.
Ambos trabajaban con lo mismo, el misterio del color. En Albers, el rojo podía expandirse o encogerse según su vecino inmediato, y en Barragán, ese mismo rojo podía volver sagrado un espacio cotidiano.
Cuando el color respira
La serie “Homenaje al cuadrado” de Albers podría dialogar con la Casa Estudio de Barragán en Tacubaya. El pintor alemán colocaba un cuadrado dentro de otro, ligeramente desplazados, explorando cómo un mismo tono podía alterar su percepción frente a otro.

Barragán, en cambio, levantaba muros coloridos que se enfrentaban a la luz del día, generando matices que cambiaban con el paso del sol.

En ambos casos, el color no es superficie, es atmósfera y el eje principal. El cuadrado amarillo de Albers vibra distinto junto al azul que lo rodea, tal como el muro rosa de Barragán resplandece distinto según la sombra del naranjo que lo acompaña.
La geometría rígida, se vuelve un organismo vivo gracias a la luz. Ninguno improvisaba. El aparente minimalismo de un cuadrado en Albers o de un muro en Barragán esconde cálculos exactos, proporciones estudiadas, decisiones que nacen de un profundo respeto por la disciplina.
Caminos cruzados
A mediados del siglo XX, ambos formaban parte de un circuito cultural donde el modernismo buscaba nuevos lenguajes.
No fueron amigos cercanos, pero sí existió un puente entre sus mundos y un breve encuentro en 1935 cuando Albers viajó por primera vez a México, ahí conoció brevemente a Barragán y quedó muy impresionado por la arquitectura y su influencia.

Las obras de Albers y de Barragán provocna una reacción semejante, el mundo se suspende por un instante. La mirada se concentra, el espacio se vuelve más íntimo, y uno comprende que lo esencial no requiere gritos y ruido, sino apenas un gesto exacto de color y forma.
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