
Imagina un enorme centro comercial con rampas en espiral, diseñado para que los caraqueños compraran sin salir del auto. Suena como un sueño de los años 50 y esa era la idea original de El Helicoide de la Roca Tarpeya. Pero hoy, su nombre evoca algo completamente distinto: se ha convertido en uno de los centros de detención y tortura más temidos de Venezuela. Te contamos cómo un símbolo de modernidad terminó siendo un símbolo de horror.
De sueño arquitectónico a pesadilla colectiva
Todo comenzó en 1955, bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. El proyecto era futurista: un edificio piramidal con tiendas y cines al que llegarías en tu automóvil. Pero el sueño se vino abajo con el derrocamiento del dictador.
Durante décadas, estuvo abandonado, ocupado por familias sin hogar. Luego, en los 80, el Estado decidió darle un nuevo uso: lo convirtió en la sede de la policía política (la DISIP). Así empezó su transformación más oscura.

¿Qué pasa realmente dentro de El Helicoide?
Hoy, El Helicoide es la sede principal del SEBIN, el servicio de inteligencia venezolano. Pero no es solo una oficina. Funciona como una prisión para detenidos políticos. Los testimonios de quienes han salido de allí son desgarradores. Hablan de celdas improvisadas en estacionamientos, sin luz natural ni ventilación. Los presos pueden pasar meses sin ver el sol.
Los métodos de tortura son diversos y brutales. Desde golpizas con tubos y la aplicación de descargas eléctricas, hasta técnicas de tortura psicológica. Una de las más crueles es el aislamiento prolongado en celdas minúsculas llamadas “El Tigrito”, diseñadas para desorientar y quebrar a la persona. Otro es el Sistema del “Pulpo”: Consiste en un complejo sistema de cadenas y esposas que inmoviliza brazos y piernas en posiciones forzadas, provocando hematomas profundos y daños en las articulaciones.
Los relatos también mencionan la humillación sistemática y las amenazas contra los familiares de los detenidos.
La geografía del terror: celdas y espacios de castigo
Dentro del laberinto de concreto, cada espacio tiene un nombre y un propósito siniestro. No son solo celdas, son herramientas de tortura.
Está “La Pecera”, una sala con paredes de vidrio donde las visitas son vigiladas constantemente. “Preventivo I” es un área de hacinamiento extremo, donde celdas para 5 personas albergan a 16. Los pasillos oscuros conocidos como “Las Escaleras” son usados para golpizas lejos de las cámaras. Y luego está “El Bañito”, una celda convertida en un lugar de reclusión húmedo e insalubre.
Hay un lugar dentro de esta prisión que es llamada “Guantánamo” (sí, así como lo lees), en este lugar se usan presos comunes para amedrentar a los detenidos políticos. Obviamente, las condiciones son precarias, al igual que en toda la prisión.
La falta de acceso regular a agua potable obliga a los reclusos a racionar cantidades mínimas para sus necesidades básicas, enfrentando diariamente el dilema de usar el agua para beber o para el aseo personal.
Esta geografía del horror está diseñada para maximizar el sufrimiento y el control.
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El inquietante misterio de los hornos crematorios
Uno de los aspectos más escalofriantes de las denuncias es la mención recurrente de “hornos crematorios”. Sobrevivientes y activistas reportan que los guardias usan la amenaza de la cremación para aterrorizar a los prisioneros. “Desapareceremos tu cuerpo sin dejar rastro“, les dicen. Aunque no hay evidencia física pública de estos hornos dentro del edificio, la persistencia de la denuncia plantea una pregunta aterradora: en un lugar de tanta opacidad, ¿qué pasa realmente con quienes no salen con vida?
Cifras, nombres y una justicia que no llega
Las organizaciones de derechos humanos estiman que Venezuela tenía entre 884 y 902 presos políticos a finales de 2024. Cada uno tiene una historia. Como la de Gregory Sanabria, un estudiante que sufrió edema cerebral por las golpizas. O la de Rocío San Miguel, una defensora de derechos humanos desaparecida por días antes de aparecer detenida allí.


El sistema judicial parece no poder, o no querer, detener esto. Informes de la ONU detallan cómo los jueces suelen avalar las detenciones arbitrarias ordenadas por el SEBIN, y cómo las boletas de libertad son ignoradas por la misma policía política. Esto crea un ciclo de impunidad que parece no tener fin.

Un edificio que el mundo no olvida
La situación ha traspasado fronteras. La Corte Penal Internacional (CPI) tiene una investigación abierta por posibles crímenes de lesa humanidad cometidos en El Helicoide y otros centros. Para muchos, este edificio es la prueba de cómo un régimen puede torcer completamente el propósito de un espacio, convirtiendo un símbolo de progreso en un instrumento de control y miedo.
La verdadera modernidad no se mide solo en estructuras de concreto, sino en el respeto a la dignidad humana. Mientras El Helicoide siga funcionando como prisión, será un recordatorio de todo lo que puede salir mal cuando el poder no tiene límites. Conocer su historia es el primer paso para exigir que cambie.
MIRELY I. ENRÍQUEZ

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