
Ser compañero de Max Verstappen en Red Bull no es un premio, es una prueba de resistencia, o al menos así lo dejó claro Checo Pérez, quien sin filtros calificó ese asiento como “el peor trabajo de la Fórmula 1”. Una frase que cayó como bomba y reavivó el debate sobre cómo se manejó la escudería austriaca en los últimos años.
Checo fue puntual: su conflicto nunca fue con Max. Al contrario, siempre ha hablado bien de su relación con el neerlandés. El verdadero problema, dice, era el ambiente dentro del equipo, una estructura diseñada completamente para un solo piloto. En Red Bull, todo era un problema: si Checo iba más rápido que Verstappen, se tensaba el ambiente; si iba más lento, también. Si Max tenía un mal fin de semana, la prioridad absoluta era él. Competir ahí no era correr, era sobrevivir.
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Lo más polémico es que Pérez asegura que Red Bull tenía el mejor equipo de la parrilla y las condiciones para dominar la F1 durante muchos años, pero las malas decisiones desde la dirección y el pobre desarrollo del auto lo arruinaron todo. Y no lo dice cualquiera: junto a Verstappen logró 14 dobletes, una de las duplas más exitosas en la historia del equipo.
Con el paso del tiempo, el discurso de Checo empieza a sonar menos exagerado. Ni Liam Lawson ni Yuki Tsunoda lograron brillar al lado de Max, y el propio Tsunoda terminó aceptando que en Red Bull, si Verstappen tenía problemas, todo el equipo debía volcarse hacia él.
Ahora Checo ya mira hacia adelante. En 2026 volverá a la parrilla con Cadillac, lejos de un equipo que, según él, se destruyó desde dentro. La pregunta queda en el aire: ¿el problema era Checo… o el sistema?
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