
Hay lugares en el mundo que se visitan y hay lugares que se respetan. La pirámide de Kukulcán en Chichén Itzá pertenece a la segunda categoría y no es capricho de ningún reglamento burocrático ni exceso de autoridad.
Es una estructura maya de más de mil años de antigüedad, elegida en 2007 como una de las siete maravillas del mundo moderno, que recibe 2.5 millones de visitantes al año y que desde 2008 tiene una prohibición absoluta para subir.
Cada pisada sobre sus escalones erosiona siglos de historia que no tienen reposición, no tienen garantía y no tienen precio. La pirámide no es un mirador, es un testimonio vivo de una civilización completa, y México decidió hace tiempo que eso vale más que la foto desde arriba.
La razón concreta que detonó la prohibición
El 5 de enero de 2006, Adeline Black, una turista de 80 años, se resbaló subiendo los escalones de Kukulcán y cayó. Cuatro horas después murió en el Hospital Regional de Valladolid. Ese accidente empujó al Instituto Nacional de Antropología e Historia a cerrar el acceso progresivamente, y en 2008 la Ley Federal Sobre Monumentos Arqueológicos, Artísticos e Históricos formalizó lo que ya era urgente: nadie sube, sin excepciones.
Los escalones de la pirámide no tienen barandal, miden entre 26 y 30 centímetros de alto y su inclinación es pronunciada, fueron diseñados para ceremonias religiosas mayas, no para el turismo masivo del siglo XXI. La combinación es peligrosa en condiciones normales y letal cuando hay miles de personas queriendo hacer lo mismo.
Quien decida ignorar la regla se enfrenta a una multa de hasta 150 mil pesos, más de ocho mil dólares, establecida por el artículo 55 de la ley federal.
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Pero el sistema de consecuencias no termina ahí. Los mexicanos, especialmente los yucatecos, tienen una relación con Chichén Itzá que va mucho más allá del turismo , es identidad, es herencia, es orgullo colectivo.
Estas últimas semana dos turistas extranjeros repitieron el intento aprovechando que no había custodios en la zona, y la Guardia Nacional y la Policía Municipal los esperaban al pie de la pirámide cuando descendieron.
La lección es siempre la misma: Kukulcán lleva en pie más de mil años porque alguien la ha cuidado. Y México no tiene ninguna intención de dejar de hacerlo.
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