
El Tren Maya vuelve a hacer noticia, y no precisamente por su eficiencia o puntualidad.
Este martes, un vagón se descarriló en la estación de Izamal, en el tramo Mérida-Cancún, dejando como saldo la típica combinación de nerviosismo, autobuses sustitutos y un comunicado breve que apenas se digna a informar que “todo está bajo control”.
Nada nuevo, el pasado 25 de marzo de 2024, un incidente similar ocurrió apenas unos kilómetros atrás, en Tixkokob, también sin heridos, también con vagones que decidieron salirse de las vías.
No es menor señalar que este tipo de fallos mecánicos recurrentes, en este caso, por una fijación inadecuada de los “clamps” que aseguran el cambio de vía, reflejan un patrón preocupante.
El tren de la “modernidad”
El Tren Maya es presentado como un símbolo de modernidad y progreso, pero cada accidente suma puntos cuestionables al manejo del proyecto.
Es la joya de la corona de la 4T, pero terminó siendo un monumento al capricho y a la improvisación.
La infraestructura, que debería ser sinónimo de confiabilidad, funciona como un experimento mal armado: los vagones “bailan” fuera de las vías y los pasajeros presencian un espectáculo que nadie pidió.

Genera más dudas que soluciones
El impacto económico tampoco es menor. Retrasos, mantenimiento constante y medidas de seguridad improvisadas comienzan a golpear la facturación proyectada del Tren Maya, que se promocionaba como motor de desarrollo regional.
Entre un descarrilamiento y otro, la ilusión de eficiencia se va perdiendo… y la confianza del público también.
Hoy lo venden como “progreso”, pero lo único que avanza son los accidentes, los retrasos y el descaro de un gobierno que maquilla la realidad mientras las vías se siguen saliendo de control.
El Tren Maya sigue siendo una obra ambiciosa, pero la realidad indica que la planeación, supervisión y seguridad están muy por debajo de lo prometido.

DIEGO LEIZA

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