
La administración Trump lanzó en enero unas nuevas Guías Alimentarias para Estadounidenses, priorizando carnes rojas y lácteos. Pero hay un problema de fondo: su política de deportaciones masivas está dejando a granjas y plantas procesadoras sin la mano de obra esencial para producir esos mismos alimentos. Es una paradoja que tiene a los agricultores en alerta máxima.
El plan “Make America Healthy Again” (MAHA) busca combatir la obesidad, un problema que afecta a más del 70% de los adultos. Sin embargo, la obsesión por lograr “la mayor deportación de la historia” está generando escasez de trabajadores en el sector agropecuario, justo cuando se recomienda consumir más de sus productos.
“Las nuevas pautas dietéticas reconocen la importancia de los alimentos nutritivos cultivados en Estados Unidos, pero pasan por alto una realidad fundamental: no podemos llevar alimentos reales a las mesas de los estadounidenses sin gente que trabaje en nuestras granjas”, comentó Rebecca Shi, directora ejecutiva de la Coalición Estadounidense de Inmigración Empresarial (ABIC).
Un plato que se queda vacío: la crisis en los campos
Los ganaderos y agricultores hacen sonar las alarmas. “Podemos importar trabajadores para la agricultura y la ganadería, o podemos importar nuestros alimentos. La situación ha llegado a ese punto”, afirma Matt Teagarden, de la Asociación de Ganaderos de Kansas, en declaraciones a EL PAÍS USA. La razón es simple: estos trabajos, rurales y exigentes, tienen poca demanda entre la fuerza laboral estadounidense.
La realidad en el campo es crítica. Las redadas del ICE no solo resultan en arrestos, sino que generan un clima de miedo que hace que muchos trabajadores, documentados o no, dejen de asistir. “Las vacas necesitan ser alimentadas y ordeñadas los 365 días del año”, explica Teagarden. No es un trabajo de oficina: es un compromiso diario y continuo.
La voz de la industria: piden coherencia en Washington
Una delegación de más de 100 líderes agrícolas visitó el Capitolio para pedir soluciones. Su mensaje fue claro: sin una reforma migratoria que permita regularizar a trabajadores indocumentados, la seguridad alimentaria del país está en riesgo. “Si no reformamos nuestro sistema migratorio, aseguramos nuestra fuerza laboral y combatimos la escasez de mano de obra, simplemente no podremos satisfacer la demanda ni gestionar nuestros rebaños y tierras agrícolas productivas.”, declaró Jenni Tilton Flood, de Flood Brothers Farms en Maine.
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Rebecca Shi, de la Coalición Estadounidense de Inmigración Empresarial (ABIC), lo resume así: “No podemos llevar alimentos reales a las mesas de los estadounidenses sin gente que trabaje en nuestras granjas”. Su organización reporta ocho millones de puestos vacíos a nivel nacional, un vacío que impacta directamente en los precios del supermercado.
¿El resultado? Precios más altos y posible dependencia del exterior
Esta tensión entre la oferta y la demanda tiene un efecto directo en el bolsillo de las familias. La escasez de mano de obra lleva inevitablemente a un aumento en los costos de producción, que se traslada a los precios finales de la carne, la leche y los vegetales. Además, crece el riesgo de depender más de las importaciones para alimentar al país, algo que contradice el discurso de “producir localmente”.
La industria pide, como solución inmediata, la ampliación de las visas H-2A para trabajos agrícolas no estacionales. Por ahora, aunque dicen que fueron escuchados en Washington, las deportaciones continúan y la incertidumbre persiste en los campos.
Mientras tanto, las palabras del secretario de Salud, Robert F. Kennedy, resuenan con ironía: “Finalmente, estamos reorientando nuestro sistema alimentario para apoyar a los agricultores, ganaderos y empresas estadounidenses”. Una reorientación que, sin los trabajadores clave, podría quedarse en un mero eslogan.
La gran contradicción de esta política es evidente: se promueve una dieta basada en alimentos frescos nacionales, al mismo tiempo que se debilita al sector que los produce. El desafío no es solo cambiar los hábitos alimenticios, sino asegurar que haya quien ponga la comida en el plato. El tiempo dirá si la administración puede resolver este rompecabezas, o si el lema “Make America Healthy Again” se quedará, literalmente, sin sustento.
MIRELY I. ENRÍQUEZ
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