
Durante años, bajar de peso se resumía en una fórmula sencilla: comer menos y moverse más. Mounjaro llegó a cambiar esa conversación.
El medicamento, cuyo principio activo es la tirzepatida, actúa sobre dos receptores relacionados con el control del azúcar y el apetito —GLP-1 y GIP—, lo que puede generar una mayor sensación de saciedad y reducir cuánto come una persona.
En estudios clínicos, algunos pacientes alcanzaron pérdidas de peso de hasta 21% de su peso corporal, aunque los resultados varían y no significan que todos vayan a perder esa cantidad.
La diferencia frente a medicamentos como Ozempic y Wegovy está precisamente en ese mecanismo: Mounjaro activa dos vías hormonales, mientras que la semaglutida activa principalmente una.
Esa combinación ha convertido a la tirzepatida en uno de los medicamentos más comentados dentro de la nueva generación de tratamientos para el peso.
Pero aquí empieza la letra pequeña
No es una inyección mágica ni un tratamiento que deba utilizarse por cuenta propia. Puede provocar náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y dolor abdominal, además de que algunas personas recuperan peso al suspender el tratamiento.
Y hay otro factor que suele perderse entre las promesas de “bajar rápido”: el costo y la duración del tratamiento.
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Mounjaro requiere una aplicación semanal y su uso debe determinarlo un profesional de la salud según el caso de cada paciente.
Además, existen advertencias importantes y todavía se estudian sus efectos a largo plazo.
La gran revolución de estos medicamentos no está únicamente en cuánto peso pueden ayudar a perder, sino en que están cambiando la manera en que la medicina entiende el hambre, el metabolismo y la obesidad.
El reto ahora es descubrir para quién realmente representan una solución y no simplemente la moda médica del momento.
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