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La Santa Trilogía Mexicana: Octubre, Noviembre y Diciembre…

En México tenemos una tradición que ningún otro país puede presumir: vivir los últimos tres meses del año como si fueran una montaña rusa, llena de disfraces, cempasúchil, pavo, posadas y un villancico de Luis Miguel que regresa religiosamente como si cobrara predial.

Octubre, noviembre y diciembre forman nuestra versión patria de la Santa Trilogía: tres meses donde México se transforma en un caos deliciosamente organizado.


Octubre: el mes en el que fingimos ser darks

Octubre llega y, de pronto, todos somos fans del terror, aunque a la mayoría nos espante hasta el recibo de la luz. Es el mes en el que:

  • Decimos “yo no soy mucho de disfraces”… pero terminamos maquillados como calaveras del centro.
  • Compramos una calabaza de plástico que sabemos perfectamente que guardaremos seis años sin usar.
  • Organizamos fiestas de Halloween donde la mitad llega de diablita y la otra mitad de narco con pistola de utilería (el clásico del mexicano creativo con presupuesto cero).
  • Comemos pan de muerto “por adelantado”, aunque lleva vendiéndose desde agosto.

Octubre es esa etapa en que queremos sentir miedo, pero no tanto como para ver nuestros estados de cuenta.


Noviembre: nos llenamos de cempasúchil y ansiedad por la cena familiar

Noviembre es hermoso. Es solemne, es colorido, es profundo… y huele a copal, azúcar y ansiedad emocional. En México celebramos el Día de Muertos con orgullo y con un manual muy claro:

  • Ponemos un altar hermoso… aunque no sepamos hacer ni arroz, pero ahí estamos imprimiendo la foto de la abuelita desde el café.
  • Compramos pan de muerto como si fuera el último año de cosecha en la historia de la humanidad.
  • Visitamos panteones, lloramos tantito, pero luego nos echamos un tamal y un atolito porque aquí el duelo es con carbohidratos.

Y, por supuesto, llega esa discusión familiar eterna:
—¿Se hace ofrenda o no este año?
—Pues depende, ¿quién va a poner todo y quién solo va a comer?

Noviembre es un abrazo al pasado… y un entrenamiento psicológico para diciembre.


Diciembre: el mexicano listo para los villancicos de Luis Miguel

Diciembre es nuestro Superbowl cultural. Aquí empezamos con:

  • Las posadas donde siempre hay alguien que pide “tequila con refresco… pero poquito”.
  • El intercambio que cuesta 200 pesos, pero todos llevan regalos de Walmart que valen $49.
  • El jefe que dice “somos una familia”… pero no da aguinaldo completo.
  • Las tías preguntando “¿y el novio/la novia para cuándo?” con la misma intensidad desde hace 15 años.

Y claro:
La cena navideña, ese ritual donde comemos como si enero no existiera:

  • Romeritos que todos comen pero nadie entiende.
  • Bacalao que sabe distinto en cada casa, a veces para bien… a veces para bendecirse antes de probar.
  • Pierna, pavo, ensalada de manzana… y luego la indigestión existencial.

Diciembre es cuando el mexicano se vuelve filósofo:
—“Ya en enero me pongo a dieta”…
Mentira universal, pero se agradece el intento.


El cierre perfecto de la trilogía

De octubre a diciembre vivimos tres realidades:

  • El miedo divertido,
  • La nostalgia hermosa,
  • Y la comedera sin límites.

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Y aunque cada mes trae su caos, su tradición y su exceso, al final, esto es lo que nos hace profundamente mexicanos: reírnos, llorar, recordar, celebrar y, por supuesto, comer como si fuera deporte olímpico.


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