
La historia de Sabritas arranca lejos de las grandes fábricas y las marcas globales. Todo empezó en la colonia Morelos, en la Ciudad de México, donde una familia decidió apostar por algo sencillo pero poderoso: vender botanas hechas con esfuerzo y mucho sabor. Así nació un relato que hoy se siente como puro orgullo mexicano.
Pedro Marcos Noriega y su esposa Guadalupe apostaron por un negocio sencillo: preparar papas fritas, habas, cacahuates y chicharrones, empacarlos en bolsitas de celofán y salir a venderlos ellos mismos. La imagen era muy clara: una canasta de mimbre que poco a poco se vaciaba mientras avanzaban por las calles. No había estrategia de marketing, pero sí algo clave: sabor y constancia.
La respuesta de la gente no tardó. La demanda creció tanto que la producción casera ya no era suficiente. Entonces dieron el siguiente paso: en 1943 fundaron su empresa, “Golosinas y Alimentos Selectos”.
Ahí entra un momento clave. Guillermo Noriega, hijo de la pareja, propuso un nombre distinto, más cercano, más fácil de recordar: Sabritas. Una mezcla de “sabrosas” y “fritas” que terminó por definir la identidad de la marca. Y funcionó. La gente no solo compraba el producto, también se quedaba con el nombre.
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Tras la muerte de Pedro en 1963, Guillermo tomó el control con apenas 28 años y no se quedó quieto. Expandió la marca a otras regiones del país y en pocos años logró un crecimiento que llamó la atención internacional. Fue entonces cuando PepsiCo buscó integrar la marca a su portafolio.
Pero aquí viene el giro que muchos no conocen: antes de aceptar, Guillermo puso condiciones. Quería mantener el nombre Sabritas y conservar su esencia mexicana. No se trataba solo de vender, sino de proteger una identidad que ya era parte de la gente.
Desde entonces, la marca no dejó de crecer: nuevas plantas, nuevos productos como Cheetos, Ruffles y Doritos, y campañas publicitarias que se volvieron parte de la cultura pop en México. Aun así, el origen nunca se borró.
Hoy, la historia de Sabritas sigue viva en cada bolsa. Porque más allá del éxito, es el recordatorio de que en México, los grandes sueños también empiezan con algo tan simple como una bicicleta… y muchas ganas de salir adelante.
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