Gobernados por el ego: cuando el narcisismo se sienta en el poder

No hace falta un diagnóstico para notarlo: hay líderes que confunden gobernar con mirarse al espejo. Venden firmeza, hablan de “yo” más que de “nosotros” y convierten cada crisis en un show personal.

En la política, el narcisismo no es solo pose: es una forma de mandar que prioriza la imagen sobre la gente. El costo: decisiones impulsivas, enemigos inventados y países usados como escenografía.

Este estilo crece en tiempos de miedo y polarización. Prometen orden, grandeza y soluciones fáciles para problemas complejos.

Seducen con carisma, frases duras y villanos claros. Pero el precio es alto: menos instituciones, más culto a la personalidad. La política deja de ser servicio público y se vuelve espectáculo.


Tres ejemplos de liderazgo con rasgos narcisistas:




¿El yo, el súper yo… y el siempre yo?

No todo liderazgo firme es narcisista, pero cuando el ego manda, la democracia (y la gente) pagan la factura. El poder sin contrapesos termina creyéndose su propio aplauso.

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El problema no es que un líder sea fuerte; es que se crea indispensable. Cuando el poder se enamora del espejo, las instituciones se vuelven utilería, la verdad se negocia y la ciudadanía paga el costo.

El narcisismo en la política no gobierna: actúa, convierte la crisis en escenario y el país en público cautivo.

Si normalizamos el ego como forma de liderazgo, terminamos aplaudiendo nuestra propia fragilidad democrática.



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