
Hay artistas que pintan para representar, y hay otros como Filippo Giusti, que pintan para revelar.
En su obra, la piel se abre para dejar salir los tonos de la emoción, los cuerpos se disuelven, pero sin perder su humanidad. El color se vuelve una declaración de confianza en la posibilidad de comprender al otro más allá de su superficie.
Italiano de nacimiento y mexicano por elección creativa, Giusti encontró en San Miguel de Allende el espacio donde su arte floreció, no como técnica aprendida, sino como acto de introspección radical. Desde ahí, construye una pintura que respira empatía, memoria y vulnerabilidad.
El “esencialismo”: una estética de la verdad interior
Su estilo, al que llama “Esencialismo”, no es solo una corriente pictórica, sino una filosofía visual. Giusti plantea una pregunta tan poética como humana: “Si pudiéramos ver más allá de la piel, ¿qué colores tendríamos por dentro?”
Esta búsqueda se traduce en retratos donde el realismo y lo abstracto conviven. La figura emerge, se desintegra y renace en manchas que parecen fluir entre carne y alma.
Lo que vemos es una cartografía emocional, un mapa del ser que sustituye la anatomía por la esencia.
Antes de pintar, Filippo conversa con sus modelos, escucha sus historias, lee sus libros favoritos y escucha su música.
Su proceso es casi ritual: conocer para poder traducir. Así, su pintura deja de ser representación y se convierte en traducción emocional. Cada mancha, cada velo de color, es un fragmento de la historia interior de alguien que se dejó mirar desde adentro.
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En sus lienzos, las figuras humanas parecen fragmentadas o cubiertas por veladuras cromáticas, como si el alma intentara abrirse paso a través de la piel.
Ese efecto a medio camino entre el realismo y el desvanecimiento no busca distorsionar, sino revelar lo que la mirada común no alcanza, la emoción, la historia y la energía interior de cada persona.
La disciplina detrás de la sensibilidad
Aunque su pintura parece guiada por la intuición, detrás hay un trabajo obsesivo y metódico. Giusti no se formó en una academia; su educación fue autodidacta, alimentada por plataformas digitales, museos virtuales y una curiosidad insaciable.
Analizó obras maestras a detalle, aprendió de la luz de Rembrandt y la textura de los impresionistas, hasta hallar una voz propia que combina precisión técnica con profundidad espiritual.
Hoy, desde su galería en La Aurora, Filippo Giusti comparte su visión con una comunidad que lo sigue no solo por su técnica, sino por su capacidad de recordarnos que el arte aún puede sanar.
Sus figuras, a medio camino entre el cuerpo y el color, son espejos que nos invitan a mirar hacia dentro. Porque, como él mismo dice, “los colores interiores son mucho más interesantes que los de afuera”.
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