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El lenguaje del duelo: Cómo Japón enfrenta la memoria colectiva

Hoy, como cada 6 de agosto, el mundo vuelve los ojos a Hiroshima Japón. Pero más allá de los discursos oficiales, las palomas blancas y el minuto de silencio, hay algo mucho más profundo que persiste en el aire: el duelo como forma de identidad nacional.

Japón no solo recuerda, sino ha construido toda una narrativa cultural sobre la pérdida, la culpa y la resistencia silenciosa.


Hiroshima quedó marcado

El bombardeo atómico de 1945 no solo arrasó con una ciudad, quebró la noción de invulnerabilidad de un pueblo entero.

Y desde entonces, esa herida abierta se ha transformado en arte, en cine, en literatura, en parques de la paz, en campanas que suenan cada año a las 8:15 a.m. como una coreografía del recuerdo. No hay olvido, pero tampoco hay rencor: hay contención.

En lugar de gritar, Japón susurra y guarda respeto. Su forma de duelo es más simbólica que política, más poética que beligerante.

Pero esa sobriedad también ha generado críticas: ¿hasta qué punto el silencio es resiliencia y cuándo se convierte en omisión? ¿Dónde está el reclamo por la impunidad? ¿Dónde el señalamiento a los responsables?

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Hiroshima es un espejo incómodo que muestra tanto la brutalidad de la guerra como la elegancia con la que se puede narrar el dolor.

Japón ha hecho del duelo un lenguaje colectivo, pero también un escudo. Y en ese proceso, ha humanizado la tragedia sin capitalizarla.

Es un modelo cultural de memoria que no necesita de estatuas ecuestres ni héroes nacionales, sino de niños doblando grullas de papel en cada aniversario.

Hoy, el mundo recuerda a Hiroshima. Pero Japón no la recuerda, la habita. En sus museos, en sus cicatrices, en su silencio.


DIEGO LEIZA

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