
Red Bull quiso reinventarse… y terminó chocando contra su propia soberbia. En un año donde cada decisión parecía hecha a contrarreloj, el gran “triunfador” del desastre es, irónicamente, Sergio “Checo” Pérez, el piloto que la escudería decidió sacrificar para apostar por un experimento que hoy hace agua por todos lados.
Sí, Max Verstappen volvió a firmar una actuación imposible: tercero saliendo desde el pit-lane, una locura que está al alcance de muy pocos en la historia de la Fórmula 1. Pero ni siquiera un genio puede compensar un error estructural: la victoria de Norris dejó a Max con el título prácticamente perdido, y lo que pasa del otro lado del garaje es todavía peor.
Porque si de compañeros hablamos, Yuki Tsunoda volvió a firmar un día para el olvido: decimoséptimo, técnicamente último, porque los tres que terminaron atrás, Hamilton, Leclerc y Bortoleto, ni siquiera acabaron la carrera. Tsunoda no falló una vez: falló otra vez. Y otra. Y otra. Ya son 13 ceros. Trece.
Red Bull se equivocó y Checo se vuelve más grande
A Checo lo vendieron como “el problema”, como el obstáculo para maximizar el proyecto de Verstappen. Y la verdad es esta: ser compañero de Max es una misión casi imposible, pero aun así, Checo hizo lo que nadie más ha podido hacer en ese asiento en la última década: sumar, defender, contener, competir y dar estabilidad.
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Lo que hoy vemos es clarísimo: Checo era el compañero ideal de Verstappen, y a Red Bull le tomó media temporada destruirse a sí mismo para notarlo.
Han perdido el campeonato de constructores.
Max está a un paso de perder el Mundial.
El garaje vive en crisis permanente.
¿Y Tsunoda?
No es su culpa estar ahí. Se le puso en un rol que no podía sostener con el auto más exigente, el entorno más duro y expectativas irreales.
Pero el deporte es así: cada carrera que corre, hace que Checo se vea más valioso.
Red Bull quiso reemplazar estabilidad con promesas. Y hoy paga la factura completa.
La verdad incómoda
Red Bull se equivocó con Checo Pérez. El experimento fue un fracaso. Y el piloto al que dejaron ir, sin siquiera despedir con justicia, termina siendo el gran triunfador moral del año.
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