
La FIFA volvió a hacer lo que mejor sabe: confundir negocio con abuso. A principios de este mes tomó una decisión que no solo fue codiciosa y moralmente cuestionable, sino también profundamente estúpida para sus propios intereses: inflar los precios de los boletos del Mundial 2026 hasta niveles ridículos, incluso para los hinchas más fieles.
Tan grave fue el golpe que, días después, la propia FIFA salió a apagar el incendio con un “nivel de entrada” de boletos a 60 dólares. ¿Rectificación? Apenas. Más bien fue un manotazo desesperado al darse cuenta de que estaba dañando el corazón del torneo.
Porque aquí está el punto que FIFA parece no entender o finge no entender: el Mundial no se sostiene solo con patrocinadores, suites VIP y selfies corporativas. Se sostiene con hinchas reales.
El error clave: castigar a los que hacen el espectáculo
Los boletos vendidos a través de las federaciones nacionales (las llamadas PMA) representan apenas el 16% del total, pero su impacto es gigantesco. No son aficionados al azar: son los que viajan, cantan, pintan su cara, cargan banderas y le dan alma al estadio.
Son los que:
- Gritan los goles
- Llenan las tomas de televisión
- Convierten un partido en un evento inolvidable
Y aun así, FIFA decidió cobrarles entre 180 y 700 dólares solo por fase de grupos. Una locura.
Castigar a este grupo no es solo injusto: es autodestructivo. Son justamente ellos los que elevan el valor del producto que FIFA vende al mundo: la experiencia televisiva del Mundial.
Un Mundial sin hinchas reales es un cascarón caro
Desde Rusia 2018 y más aún en Qatar 2022 el Mundial empezó a sentirse como una fiesta de élite, más cercana a un evento de celebridades que a una celebración popular. Mucho brillo, poco ruido.
La comparación es clara: Una final de conferencia de la NFL suele tener mejor ambiente que el Super Bowl, aunque este último sea más grande. ¿Por qué? Porque hay más hinchas reales y menos invitados de lujo.
Si FIFA sigue expulsando a los aficionados que viven el fútbol, el Mundial será enorme… pero vacío.
Los clubes ya lo entendieron (FIFA no)
El Bayern Múnich lo tiene clarísimo: mantiene entradas baratas detrás del arco porque sabe que esas gradas:
- Se ven en TV
- Hacen ruido
- Construyen identidad
- Aumentan el valor de marca
No es caridad. Es inteligencia de negocio.
FIFA, en cambio, parece haber olvidado que sin ambiente no hay épica, y sin épica, la audiencia se enfría. Y cuando la audiencia se enfría, los patrocinadores se van.
El “arreglo” de FIFA no alcanza
El nuevo “nivel de entrada” afecta solo al 1.6% del total de boletos. Es decir: una migaja. El resto seguirá con precios prohibitivos.
Sí, el Mundial es la gran fuente de ingresos de FIFA. Sí, financia torneos femeniles, juveniles y asociaciones pequeñas. Todo eso es cierto. Pero no confundamos lealtad con estupidez.
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No puedes pedirle a un hincha que cruce continentes, apoye en eliminatorias y luego lo trates como cajero automático.
La buena noticia: los hinchas se dieron cuenta de que tienen poder
Si algo positivo dejó este episodio es que los aficionados levantaron la voz y FIFA tuvo que ceder, aunque fuera un poco. Eso importa.
Porque las federaciones nacionales dependen de sus hinchas.
Porque sin selecciones fuertes no hay Mundial.
Porque sin ambiente no hay espectáculo.
FIFA convirtió al Mundial en un producto para la TV, y está bien.
Pero incluso el mejor set necesita extras reales, no solo trajes caros y palcos silenciosos.
Si sigue olvidándolo, el Mundial seguirá llenando estadios… pero vaciándose por dentro.
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