
Este domingo no es un partido cualquiera. Es el día en que 80 mil gargantas volverán a convertir al Estadio Azteca en el lugar más ruidoso del planeta, donde las tribunas no solo empujan un balón, sino también décadas de sueños, frustraciones y esa ilusión que los mexicanos nunca han dejado morir.
El niño que lloró en Corea, el padre que sufrió el “no era penal”, el abuelo que aún presume el Mundial del 70 y del 86, el joven que juró no volver a ilusionarse… todos volverán a creer al mismo tiempo.
Porque este equipo hizo algo que parecía imposible: devolvió la esperanza a un país acostumbrado a las cicatrices mundialistas. Y por primera vez en mucho tiempo, la pregunta dejó de sonar a fantasía para convertirse en una posibilidad que retumba desde las tribunas del Coloso de Santa Úrsula: ¿Y si, sí?
Durante semanas hemos visto carreteras llenas rumbo al Azteca, familias enteras pintándose el rostro, niños soñando con ser Gil Mora, adultos recordando a Hugo, a Rafa, a Cuauhtémoc, a Chicharito.
México llega invicto, sin recibir un solo gol, con un futbol que convenció incluso a quienes habían perdido la fe y con una afición que ha acompañado al equipo como hace muchos años no sucedía. El país volvió a abrazar a su Selección y el Mundial volvió a sentirse nuestro.
Selección campeona del mundo
Del otro lado estará Inglaterra, una potencia mundial, sí. El equipo de Harry Kane, Declan Rice y Jude Bellingham, futbolistas acostumbrados a las noches mágicas y a los estadios más grandes de Europa.
Pero ellos nunca han jugado un partido como el que les espera en el Azteca. Lo saben. Lo han dicho. Les preocupa la altura, el ambiente, el ruido y esa presión que baja desde las gradas cuando el balón lo tiene el rival.
Inglaterra intentará imponer su jerarquía y once mexicanos saldrán a defender mucho más que un escudo.
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México encontró algo que parecía perdido: identidad
Javier Aguirre armó un grupo donde nadie se siente más importante que el escudo. Julián Quiñones atraviesa el mejor momento de su carrera, Raúl Jiménez volvió a ser líder y Gilberto Mora, con apenas 17 años, juega como si llevara una década disputando Mundiales.
Quizá por eso este Mundial se siente distinto. No porque México sea favorito. Nunca lo ha sido. Se siente diferente porque la gente volvió a creer.
Porque en las calles ya no se habla del “ya merito”, sino del siguiente partido. Porque las familias otra vez acomodan su domingo alrededor del Tricolor. Porque miles llegaron desde todos los rincones del país para pintar de verde el Coloso de Santa Úrsula. Porque este equipo dejó de cargar el peso del fracaso y empezó a jugar con la libertad de quien no le debe nada a nadie.
El Azteca ya hizo historia siendo sede de tres mundiales. Este domingo puede escribir una página completamente distinta: la del día en que México dejó de tenerle miedo a los gigantes.
Si este domingo la historia decide regalarle una sonrisa a México, que nadie la viva solo. Porque este equipo volvió a unir a un país que llevaba mucho tiempo buscando un motivo para abrazarse.
Y si alguien pregunta por qué hoy todo un país vuelve a ilusionarse, la respuesta es tan simple: ¿Y si, sí?
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