
A Donald Trump le encanta bailar. No en la pista, sabemos que ahí no tiene mucho ritmo, sino alrededor del dinero. Y ahora, su último movimiento es un “pas de bourrée” de 300 millones de dólares que involucra a magnates del deporte, tech, petróleo y cuanto millonario esté dispuesto a comprar un poco de cercanía con el presidente estadounidense.
La Casa Blanca reveló la lista completa de patrocinadores del nuevo y polémico Salón de Baile de Trump, una mole de 8.000 metros cuadrados que parece más un monumento a su ego que una infraestructura necesaria para el servicio público.
Porque sí: mientras el Ala Este cae bajo la bola de demolición, Trump levanta un salón que según él “fortalecerá la tradición americana”. Si por “tradición” se refiere a mezclar política con chequeras gigantes, entonces sí, está haciendo historia.
Los dueños del balón… y ahora, del acceso al poder
La lista de mecenas parece sacada de una mezcla entre la Champions League y la NFL Draft. Miriam Adelson, accionista mayoritaria de los Dallas Mavericks, vuelve a pagar boleto VIP al círculo cercano del presidente.
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La familia Glazer, dueña de los Buccaneers y del Manchester United, también aparece: cuando no están gastando millones en fichajes, parecen tener tiempo para financiar un salón que Trump quiere nombrar “Salón Presidente Donald J. Trump”.
Sutil, ¿no?
Y claro, Woody Johnson, dueño de los Jets, también abrió la cartera. A lo mejor espera que esta donación haga lo que sus quarterbacks no han logrado: romper una racha perdedora.
Pero el verdadero baile está en el poder
Amazon, Google, Meta y Microsoft también dijeron “presente”, pero lo que más llama la atención es cómo los deportes profesionales esos cuyos valores son “competencia, diversidad y meritocracia” ahora se sienten cómodos invirtiendo en una obra monumental que ha demolido parte de la historia de la Casa Blanca para levantar el salón social privado de un presidente.
Trump no lo esconde: en una cena con los donadores soltó sin rubor: “Este es el precio de tener acceso al presidente.”
Un salón nuevo… a costa del Ala Este
El Ala Este de la Casa Blanca, que desde 1902 ha sido sede de eventos oficiales, oficinas de primeras damas, visitas diplomáticas y cine presidencial, fue demolida como si fuera una construcción improvisada, y no un pedazo de la historia estadounidense.
El New York Times incluso le dedicó un obituario. Porque sí, en tiempos de Trump, hasta los edificios históricos terminan despedidos por Twitter.
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