¡La máscara de Penta Zero Miedo! Un joya que tiene nombre y apellido

Cuando el público ruge “¡Penta! ¡Zero! ¡Miedo!”, no solo vibra el cuadrilátero, retumba el eco de un arte que nació en Ecatepec, de las manos de un hombre que cose sueños con hilo y aguja.

Hoy, Penta Zero Miedo es sinónimo de espectáculo global. Desde su llegada a la WWE, el mexicano conquistó los reflectores con su energía brutal y su estilo inconfundible.


El autor de esta obra de arte

Pero detrás de esa máscara, del símbolo que incendia arenas desde Las Vegas hasta Arabia Saudita, hay otro protagonista: Roberto “Nenuco” Rivero, el artesano que convirtió la tradición mexicana en una obra de culto internacional.

Cada máscara que viste Penta no sale de una fábrica ni de una máquina, nace de un taller humilde en Ecatepec, donde Rivero lleva casi 20 años moldeando el rostro del ídolo con precisión milimétrica. Con cada puntada, recrea el mito.

Lo que quiero es innovar en la lucha libre”, dice Nenuco. “Estar creando, probando colores, texturas… eso me apasiona”. Y se nota: sus piezas no solo son accesorios, son identidad, son historia.

En WrestleMania 41, la máscara verde y dorada que Penta lució fue tendencia mundial. Cada hilo, cada destello, llevaba la esencia de Ecatepec al escenario más visto del planeta.


¿Y los reflectores?

El mascarero vive en el anonimato, pero su arte brilla en millones de pantallas. Su historia comenzó con un castigo: su madre lo puso a coser para que aprendiera disciplina, y en lugar de escapar del trabajo, se enamoró de él.

Hoy, fabrica más de cien máscaras al año para luchadores de todo el país, pero ninguna como las de Penta.

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Su relación con el luchador va más allá de lo profesional, una lealtad de dos décadas que empezó cuando Rivero diseñó dos trajes al precio de uno para apoyar a Penta y su hermano, Rey Fénix. Desde entonces, son inseparables.

No habría Nenuco sin un Penta, ni Penta sin un Nenuco, dice el artesano con una sonrisa que mezcla orgullo y humildad.

Ahora, Rivero sueña con algo más grande: convertir su arte en marca, su taller en legado. Ser el “Nike” de las máscaras mexicanas. Pero aunque llegue la fama, él no se mueve de Ecatepec.



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