
Cuando escuchas “Tuzos del Pachuca”, lo primero que viene a la mente es cantera. Ese semillero que alguna vez deslumbró al mundo con nombres que explotaron en Europa y dejaron huella en el fútbol mexicano.
Sin embargo, hoy te dejo una pregunta para todos sus aficionados: ¿esa fabulosa fábrica de talentos es orgullo nacional… o un modelo de negocio que sacrifica grandeza deportiva por billetes?
La fábrica que asombra (y que exporta)
Hablar de Pachuca es hablar de una de las academias más prolíficas de Latinoamérica. Cada ciclo, cada torneo de fuerzas básicas trae a la mesa un nombre nuevo, un chavo con chispa que promete encender la liga.
Jugadores que llegan a primera con hambre y se van a ligas europeas con contrato millonario. Eso suena bien, y de hecho lo es… para el bolsillo del club.
Solo piensa: fichajes como los de Erick Gutiérrez, Hirving Lozano o Rodolfo Pizarro se convirtieron en el escaparate perfecto para que los ojos del mundo voltearan a Hidalgo.
Pero… ¿a qué precio?
La felicidad dura mientras los talentos se cotizan. El problema aparece cuando esa exportación constante empieza a mermar la identidad deportiva del equipo.
Cuando cada semestre ves que se va un titular indiscutible y llega otro chavo con potencial, la pregunta ineludible es: ¿estamos formando para competir o solo para vender?
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No es un mal negocio si el modelo realmente te deja campeón. Pero aquí está el meollo: ¿cuántos títulos ha ganado Pachuca comparado con la cantidad de talentos que ha exportado? La respuesta puede doler a quienes creen que la gloria deportiva pesa más que los ingresos por venta de jugadores.
Mientras otros equipos construyen plantillas estables con figuras que se quedan años, Pachuca vive un ciclo constante de formar, pulir y vender. Es rentable, sí. Es ético y generador de orgullo… depende de con qué lentes lo mires.
El debate real
Hay quienes defienden este esquema con pasión: “Pachuca le da a México futbolistas que después brillan en Europa, ¿qué hay de malo en eso?”.
Y tienen razón, hasta cierto punto. Eso sí es motivo de orgullo nacional: exportar talento, llevar el nombre de México a ligas mayores, y demostrar que nuestros jóvenes sí pueden competir con lo mejor del planeta.
Pero otros responden: “Mientras vendemos cracks, otros equipos se arman para ganar títulos aquí mismo”. Y también tienen su punto. Porque la verdadera pregunta no es si se vende talento.
La verdadera pregunta es: ¿se construye un equipo que aspire a pelear por campeonatos o se prioriza un flujo constante de ingresos por venta de jugadores?
¿Orgullo o negocio redondo?
La respuesta corta sería que es ambas cosas. Pero la larga y más honesta te dice que ese modelo necesita equilibrio.
Porque exportar talentos es motivo de aplauso, sí, pero también es legítimo preguntarse si ese mismo modelo está frenando el ascenso real de Pachuca como contendiente fuerte por títulos nacionales e internacionales.
En el balance final, la cantera del Pachuca no es una fábrica fría de mercancía. Es un semillero con alma, con historias de chavos que lo dejaron todo por llegar a primera y triunfar en el extranjero.
El problema viene cuando el valor económico empieza a pesar más que el valor deportivo en la balanza.
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