
¿Para qué pagar una suscripción de gimnasio si puedes hacer cardio extremo, pesas humanas y lucha libre todas las mañanas en el transporte público?
Olvídate del CrossFit; la verdadera prueba de fuego es entrar a un vagón en hora pico sin perder la dignidad (o el celular).
En México, el transporte no es un servicio, es una experiencia inmersiva de supervivencia donde el espacio personal es un mito urbano y el aire acondicionado es simplemente el sudor del vecino.
Mientras los políticos prometen “movilidad de primer mundo” desde sus camionetas blindadas, el resto de los mortales perfeccionamos el arte de levitar entre la multitud y desarrollar reflejos ninja para no salir volando en cada frenón del microbús.
Es una sátira diaria donde pagamos por un boleto a la incertidumbre: ¿llegaremos a tiempo o el Metro decidirá tomarse un “descanso espiritual” a mitad del túnel?
PUEDES LEER: ¿Por qué a nuestra generación le cuesta tanto comprar una casa?
La infraestructura se cae a pedazos, pero nuestra paciencia nivel monje tibetano sigue siendo el motor que mueve al país.
Es hora de admitir que nuestro sistema de transporte (Metro) es una joya… pero de la arqueología, por lo viejo y descuidado.
Así que la próxima vez que te quedes atrapado en la puerta, recuerda: no es un mal servicio, es un entrenamiento intensivo para el apocalipsis que pagas con tus impuestos y tus nervios.
Si quieres enterarte de más, síguenos en Facebook, YouTube o bien en TikTok.
