
En el golfo de Omán hay dos portaviones, en el Mediterráneo destructores con misiles, y en el aire aviones cisterna, drones y cazas que no suelen aparecer juntos si no es por algo serio. Estados Unidos está desplegando su mayor músculo militar en Oriente Medio desde la invasión de Irak.
El mensaje no es sutil. Es presión en estado puro. Y el reloj corre: Donald Trump le dio a Irán entre 10 y 15 días para “llegar a un acuerdo” sobre su programa nuclear o asumir las consecuencias. En Washington lo llaman disuasión. En Teherán lo leen como amenaza.
Trump y sus planes nucleares
Las advertencias de Trump son diarias y cada vez más directas. Primero habló de “ayudar a los manifestantes”, luego de frenar el programa nuclear, ahora de “objetivos selectivos”.
En paralelo, el Pentágono mueve piezas: municiones, defensa antiaérea, aviones de vigilancia. El despliegue es tan grande que ya no parece un gesto: parece un plan.
Irán intenta ganar tiempo. Su canciller promete propuestas “en días”, pero la desconfianza es mutua y profunda. En Teherán recuerdan que otras veces el “plazo” de Trump terminó en bombas. En Washington saben que mover tanto poder sin usarlo debilita la credibilidad.
El riesgo real no está en un golpe rápido, sino en lo que viene después. Irán no es Irak 2003. Tiene aliados, capacidad de respuesta y un tablero regional que incluye a Israel y a los países del Golfo. Un ataque “quirúrgico” puede abrir una cadena de represalias: buques en el golfo, refinerías, rutas petroleras.
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La diplomacia, hoy, ofrece poco: EE. UU. pide que Irán renuncie a enriquecer uranio y limite misiles; Irán exige levantamiento real de sanciones
El choque de posiciones es tan grande que la ventana para evitar el conflicto se está cerrando. Y cuando los portaviones ya están en su lugar, volverlos a casa sin disparar también es una decisión política de alto costo.
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