El ICE de EE.UU. aterriza en los Juegos Olímpicos de Milán

La noticia cayó como un balde de agua fría en la previa de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán y Cortina d’Ampezzo. Según reveló Il Fatto Quotidiano, agentes del ICE, el polémico Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, formarán parte del dispositivo de seguridad de la delegación estadounidense. La revelación desató inmediatamente un terremoto político en Italia, dividiendo al gobierno y provocando la furia de la oposición y de alcaldes como Beppe Sala.
La aversión hacia las políticas migratorias de la era Trump, y las recientes muertes de manifestantes en Minneapolis vinculadas a este cuerpo, han hecho que su presencia, aunque habitual en eventos internacionales, se vea ahora con lupa. Como bien resume El País:
“Las connotaciones políticas de este cuerpo policial han cambiado y su presencia en Italia ha desencadenado en pocos días una encendida polémica”.
La situación ha puesto en un compromiso al gobierno de Giorgia Meloni, principal aliada europea de Donald Trump. La cadena de comunicados oficiales fue de negación a minimización. Primero se negó la llegada del ICE, luego se dijo que “no pasaría nada” y, finalmente, la propia agencia estadounidense lo confirmó. El ministro del Interior, Matteo Piantedosi, intentó calmar los ánimos definiendo la polémica como “basada sobre la nada”, argumentando que el ICE no operaría en territorio italiano como tal.
Pero del otro lado, la reacción fue visceral. El alcalde de Milán, Beppe Sala, no midió sus palabras:
“Yo no querría que este cuerpo de policía viniera a Milán. El ICE es un cuerpo de policía que actúa en la total ilegalidad, que mata (…). Quiere decir entrar en la casa de los ciudadanos sin ningún mandato, el mandato se lo firman ellos. Por eso son totalmente incompatibles con nuestras modalidades para gestionar la seguridad”.
Incluso, en un tono más desafiante, añadió:
“Me pregunto si podremos decir al menos una vez a Trump un no”.
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¿Qué van a hacer realmente?
Según la nota oficial del Homeland Security Investigations (HSI) del ICE, su misión será “apoyar el Servicio de Seguridad Diplomática del Departamento de Estado americano, así como al país anfitrión, en la valoración y mitigación de riesgos ligados a la criminalidad transnacional”. La vicesecretaria del HSI, Tricia McLaughlin, se apresuró a aclarar:
“Obviamente, el ICE no desempeña operaciones de control de inmigración en países extranjeros”.
Fuentes diplomáticas incluso señalaron a la prensa italiana que los agentes llevarían traje y corbata, no su uniforme operativo, para misiones como la protección de autoridades estadounidenses que asistan a los Juegos. Sin embargo, estos detalles técnicos poco han servido para aplacar la crítica. La mera sombra de este cuerpo, con su controvertido historial, resulta intolerable para gran parte de la clase política y la sociedad italiana.
La oposición ha movilizado sus recursos, presentando una pregunta formal al Senado y hasta recogiendo firmas. Nicola Fratoianni, líder de la coalición de izquierda AVS, fue igual de contundente:
“Los escuadrones de Trump no deben poner un pie en Italia. No podemos permitir a asesinos armados hasta los dientes, que han amenazado incluso a periodistas italianos, actuar como fuerzas del orden en territorio italiano”.
El incidente con un equipo de la televisión pública RAI en Minneapolis, donde agentes del ICE amenazaron a periodistas italianos, solo echó más leña al fuego. Este contexto envenena el ambiente de lo que debería ser una celebración global del deporte y la unidad.
Un mal sabor de cara a los Juegos
La polémica trasciende la logística de seguridad y se convierte en un símbolo. Plantea una pregunta incómoda sobre los límites de la cooperación internacional y los principios que un país defiende. Italia, anfitriona de un evento que celebra la paz y la competencia leal, se ve ahora en el centro de un debate sobre autoritarismo, soberanía y los costes de la alianza con potencias cuyas políticas internas generan rechazo global.
Al final, los Juegos comenzarán y probablemente transcurrirán sin incidentes visibles relacionados con este cuerpo. Pero el malestar ya está instalado, dejando una mancha política y un debate profundo sobre qué tipo de seguridad queremos y a qué precio estamos dispuestos a aceptarla. La fiesta olímpica tiene, por ahora, un patrocinador no deseado: la polémica.
MIRELY I. ENRÍQUEZ

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